Es hija de tanguero de primera división, pero el tango no le interesa demasiado. Fue estrella televisiva, pero renunció a fama y dinero porque la llamada de la música, como la de la sangre, era demasiado persistente. Veinte años después de la edición de su primer disco, que no podía llamarse sino Rara, Juana Molina puede sentirse aliviada: fue la decisión correcta. El público argentino la quería humorista, la vida la quería cantautora. Y la vida manda. Ahora Molina anda presentando por medio mundo su último cancionero, el inclasificable Wed 21, fruto de la batalla más difícil, la del autor contra sí mismo en pos de la reinvención. El resultado: música para una ceremonia de hipnosis colectiva. 
Dicen que Wed21 es el disco más experimental de Juana Molina hasta la fecha… 
 
Juana Molina: Qué raro. Para mí Wed 21 es el disco más accesible de todos. Me parece el menos elaborado. El más directo. El que tiene más formato de canción convencional, y de hecho fue el que mejor acogida tuvo hasta ahora. Claro, que no pensé en hacerlo de este modo, en absoluto. Lo único que intenté -si podemos hablar de alguna idea previa al hecho en sí- fue no hacer otro disco del mismo modo que los anteriores.
No es sencillo alejarse de uno mismo… 
 
Juana Molina: Fue difícil evitar los caminos conocidos y ya explorados mil veces. No caer en el surco que se formó de tanto transitar el mismo camino.
En cualquier caso, es una decisión valiente. Abstraerse del hecho de que hay ahí afuera fans que esperan cosas muy concretas de ti… 
 
Juana Molina: Primero, muchas gracias por lo de valiente. Al César lo que es del César… Juana Molina: Pero la presencia de los fans y lo que esperan es algo que acecha antes de ponerse a trabajar, por supuesto. Sin embargo, una vez dentro del disco, el mundo desaparece. ¡Si hasta desaparezco yo!
Tras la gira de Un Día declaraste que dejarías de grabar y de girar durante un tiempo, al menos hasta que supieras exactamente hacia dónde querías dirigir tus siguientes pasos. Pero el parón no duró mucho. ¿Nació Wed21 de algún tipo de epifanía? ¿En un miércoles 21, quizá? Suena a obra parida de una tacada… 
 
Juana Molina: Sí, fue parido de una vez, es cierto. Hubo una interrupción muy molesta en medio que me puso de muy mal humor, pero cuando volví estaba todo intacto y detenido, esperándome, y seguí como si no hubiera parado. El tema “Wed 21” quizás fue esa epifanía que, sí, fue grabada el 21 de noviembre de 2012. Cuando grabé esa canción sentí que había descubierto el rumbo del disco, a pesar de que muchas otras canciones ya estaban listas. No sé qué me pasó con ese tema. Sentí que marcaba la diferencia con todo lo que había hecho antes y a partir de ahí lo que faltaba en lo que ya estaba hecho tomó ese cariz.
En 1994 editas tu debut, Rara, y no tuvo toda la repercusión que esperabas. Ahora hay una docena de solistas por metro cuadrado haciendo más o menos lo mismo que tú hacías entonces. ¿No te sientes tentada de exigir algún tipo de derecho de pernada a todos los ‘indies’? 
 
Juana Molina: (risas) No, no. Pero me encanta que otro lo diga. Es cierto; admito que me da cierta impotencia cuando a alguien que hace algo parecido, pero diez años después, le va mil veces mejor que a mí entonces. Aunque también tengo claro que la barrera del idioma es un hecho y que es una barrera que no pienso cruzar. Por lo menos no para intentar vender más.
Pero te ficharon en Domino, la escudería indie por antonomasia, cantando en español. Y te hiciste más popular en Europa que en Latinoamérica. ¿Ha sido todo una concatenación de causalidades o preferiste apostar desde el principio por huir del localismo? 
 
Juana Molina: Casualidades, desde luego. Yo no huí del localismo, pero acá en Argentina no me iba bien -ahora sí, por suerte-. Por un lado, a la gente no le gustaba lo que yo hacía y por el otro, había un prejuicio muy grande por el hecho de que yo era actriz cómica y no tenía derecho, aparentemente, a cambiar de carrera. Algo muy injusto, porque yo hago música desde que tengo cinco años.
Y siendo los tuyos unos textos nada banales, antes al contrario, ¿no te preocupa que buena parte de tu público no llegue a entender lo que quieres expresar? En el fondo, ¿un músico prefiere que la audiencia se quede con las sensaciones que transmite la canción, el conjunto, más allá de las barreras lingüísticas? 
 
Juana Molina: Para mí, la letra es algo extra. Primero, la música. Quizás se debe a que, como la mayoría de los que no somos de habla inglesa, crecí escuchando música en idiomas que no entendía. Creo que eso me llevó a hacer foco en la melodía, la armonía y el ritmo. Escuché mucha música instrumental también, y me gusta que las canciones me saquen a pasear por paisajes musicales. Siempre escuché la música viendo cosas. Cuando era chica recibía la música como un todo. Los instrumentos no aparecían, eran los artífices de las imágenes que veía. Ahora no me pasa eso. En general digo: ah, ese es el bajo; ah, esa, la guitarra; ah, qué bien la batería…
 
Esa ‘internacionalidad’ te ha llevado por todo el mundo. Hasta a Japón. ¿Qué cultura te fascina más?
 
Juana Molina: Creo que ese tipo de apreciaciones son completamente subjetivas, y que en general son falsas. Uno interpreta los símbolos, los gestos o las actitudes en otros países según su propia cultura. Y a uno le parece que entiende y se predispone bien o mal. Mi interpretación de Japón, por ejemplo, hace que me guste mucho ir allí. Mi interpretación de Inglaterra, hace que me sienta muy halagada cuando me aplauden los ingleses. Mi interpretación de Australia hace que sea más cautelosa cuando voy allá.
 
Tu padre es un tanguero muy popular, y sin embargo en la música de Juana Molina hay casi de todo menos tango… 
 
Juana Molina: A mí me gusta mucho bailar. Me parece que la música, en un principio, estaba en función del baile. No hay mejor música que la que hace que el cuerpo, solo, sin determinación alguna, se levante y se mueva al compás. El tango no me hace bailar. Nada.
¡Menudo anatema! 
 
Juana Molina: Es que es un baile demasiado intelectual para mi gusto. Ahora te llevo para allá, ahora te traigo para acá, ahora el firulete entre las piernas. No es algo que salga solo, es algo que hay que aprender.
Por cierto, ¿qué opina Don Horacio de la música de su hija? ¿No te comenta cosas como “aquí falta un buen bandoneón”? 
 
Juana Molina: Hubo comentarios, pero más en el pasado. Sobre todo los que tienen que ver con la voz, que a él siempre le parece que está un poco atrás, que debería estar más en primer plano. Pero creo que es por una concepción de lo que debía ser una canción: una poesía, una melodía y un acompañamiento. Para mí es una cosa sola y la mayoría de las veces la voz tiene la misma importancia que los demás instrumentos.
¿Crees que en España somos lo suficientemente respetuosos con nuestra propia música tradicional? En Argentina, Gardel es Dios. Aquí Manolo Escobar o Concha Piquer estuvieron poco menos que condenados al ostracismo por sonar ‘rancios’… 
 
Juana Molina: Bueno, lo de que Gardel es Dios es relativamente nuevo. Hace unos diez años, o quizá un poco más, de golpe, todo el mundo, gente joven, se puso a escuchar y a hacer tango. Cuando yo era chica la gente no se sabía ni un tango. Ni de Gardel ni de ningún otro. No sé si llegó desde Francia, en donde siempre estuvo presente desde el principio, y los refugiados políticos se reencontraron con él. O de Japón, donde en los 80 era furor. Cuando yo era chica, el tango era para gente grande. Para los ‘rancios’…
Tu primera vocación, o la primera actividad que te puso en el mapa no fue la música, sino la actuación, la comedia. Cortaste con aquello de forma radical para entregarte, entonces sí, a la música. ¿Por qué decides soltar amarras y no mirar atrás? 
 
Juana Molina: Lo primero que me puso en el mapa fue la actuación, sí, pero mi vocación fue desde mi más tierna infancia la música. Cortar con todo fue volver a la música antes de que fuera demasiado tarde. Lo de la televisión fue un accidente feliz, pero que me alejó casi ocho años de lo que siempre quise hacer y la timidez -una forma de vanidad- me lo impedía.
Tengo que confesarte que, como decís por allí, me he cagado de risa viendo algunos de tus viejos sketches. Choca ver esos vídeos y relacionar a Juana Molina, la cantautora, una mujer en apariencia seria, rodeada de un cierto aura de solemnidad, con aquella miembro de Juana y Sus Hermanas… Ya que tomasteis el nombre de una película de Woody Allen, en tu caso es como si después de rodar ‘Interiores’ no hubieras querido volver a saber nada de ‘The Sleeper’ o ‘Bananas’ ni, por supuesto, hacer una ‘Misterioso asesinato en Manhattan’. ¿Aquí Ingmar Bergman sí le ganó la partida a Groucho? 
 
Juana Molina: Eso de la solemnidad me dolió un poco, la verdad…
(Risas) Bueno, digamos que nadie va hoy en día a verte para partirse de risa. Van a otras cosas. 
 
Juana Molina: Si hay algo que detesto es la solemnidad. De verdad, no creo que nada de lo que hago sea solemne. Es algo de lo que siempre me he burlado, y Groucho está siempre presente. Es cierto que el humor en lo que hago es musical, entonces quizás menos evidente. O quizás casi no haya, puede ser… Pero, ¿seriedad? No, nunca. ¡Qué rabia que no se note!
No puedo dejarte escapar sin hablar de algo que sí que es bastante serio; nuestra crisis galopante. ¿Ves paralelismos entre lo que está sucediendo en España y lo que ha sucedido en Argentina a lo largo de los últimos 30 años? ¿Qué se dice por allí de estos ‘gallegos’ que se están hundiendo en el pozo y no reaccionan? 
 
Juana Molina: No sé muy bien… Siempre me mantuve, sin querer, alejada de los problemas económicos. Me pone de mal humor una conversación donde se hable del dólar. Quizás soy un poco naive, pero siempre he sentido que Dios proveerá. No tengo miedo a que me falte algo. Lo que sí creo es que el mundo ha tomado el rumbo equivocado y es por eso que hay crisis. Nosotros, que tenemos millones de kilómetros cuadrados de tierra fértil, vivimos en la pobreza. Es evidente que hay una ecuación mal planteada. Cada uno debería poder autoabastecerse con un pedazo de tierra. Ya sé, es una utopía, pero…
Dream on, como decían Aerosmith. No nos queda otra… 
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