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Hace más de treinta años, en la remota Laponia Occidental, el psicoterapeuta y Profesor de Psicoterapia Jaakko Seikkula inició, junto a la psiquiatra Birgitta Alakare y otros compañeros, una pequeña revolución en el abordaje de los trastornos mentales severos que ahora, sin prisa pero sin pausa, parece extenderse al resto de Europa y echa raíces en el Lejano Oriente o América. Lo llamaron Diálogo Abierto, denominación que ilustra con bastante precisión lo que Seikkula y sus colegas pretendían; abandonar la tradicional bilateralidad de los tratamientos psiquiátricos para implicar en los mismos no sólo a paciente y profesionales sino también a su entorno. Y dialogar, claro. Dialogar sobre las opciones del principal interesado, el paciente, sobre sus preocupaciones, sobre sus decisiones. Una red de apoyo que se adivina imprescindible en situaciones de especial vulnerabilidad a las que, como el propio Seikkula advierte, todos podemos estar expuestos en cualquier momento de nuestras vidas.

El profesor Seikkula estará en Barcelona, el día 20 de octubre, como ponente en las I Jonadas Internacionales de NuevaPsiquiatría. Para más información sobre su conferencia o sobre las jornadas, pueden enviar un correo a info@nuevapsiquiatria.es.

Si se busca información en internet sobre su propuesta, Diálogo Abierto, podemos encontrarnos con titulares como “Psicosis sin medicación”. ¿Le parece acertado? ¿Se pueden tratar trastornos tan severos sin ningún tipo de medicación?

Uno de los ejes de Diálogo Abierto es ser flexibles con la elección del tratamiento o de los cuidados que cada paciente necesita. Obviamente, una de las formas de tratamiento que se utiliza en Salud Mental es la medicación, y la medicación tiene que ajustarse a cada paciente y a su situación concreta. Hay muchos tipos de fármacos, desde ansiolíticos a neurolépticos, que pueden ser útiles. O se puede optar por no utilizar medicación. Pero respecto a los neurolépticos, o a los antipsicóticos,hay que decir que uno de cada tres pacientes que han sufrido por primera vez un brote psicótico han tomado ese tipo de medicación durante un período de cinco años. La mitad no acabaron el tratamiento. Esto supone que alrededor del 20% de esos pacientes se tratan con antipsicóticos a medio/largo plazo.

¿Por qué nos ha llevado tanto tiempo entender que la esquizofrenia debe ser tratada también desde un punto de vista psicológico (o psicoterapéutico)? ¿La mayoría de los psiquiatras consideran que la psicoterapia no es eficaz para tratar a alguien diagnosticado con esquizofrenia?

Bueno, el tratamiento psicoterapéutico era mucho más popular en los años 80, pero en los 90, en “la década del cerebro”, el enfoque cambió hacia una visión de la esquizofrenia y la depresión como enfermedades cerebrales causadas por cambios estructurales en el cerebro. Supongo que, hoy por hoy, la mayoría de los psiquiatras no valoran como se debiera la importancia de los diferentes tipos de psicoterapia.

Uno de los síntomas predominantes durante una crisis psicótica es la desconexión con la realidad. Dicho de otra manera, lo que el paciente percibe como absolutamente real no está sucediendo. ¿Cómo podemos utilizar la psicoterapia para apartar a alguien de ese convencimiento?

Para mí el principal objetivo es tratar de entender el punto de vista del paciente, no cambiar su idea de la realidad. Si conseguimos esto, el paciente se hará con más herramientas para poner a prueba su realidad de una manera más efectiva. Por ejemplo, ayer recibí un correo de una señora, española, que está recibiendo tratamiento en reuniones de Diálogo Abierto. En el correo me decía que es reticente a dejar atrás su “enfermedad”, porque le da seguridad. Ese correo ilustra a la perfección lo que sucede cuando el proceso terapéutico es fructífero y el paciente toma sus propias decisiones.

Y desde un punto de vista estrictamente psicológico, ¿cuál es la mejor manera de abordar un brote psicótico?

Reunirse inmediatamente con el paciente, durante la propia crisis, y haciendo partícipes de esas reuniones a los familiares y, en algunos casos, a otras personas de su entorno. El objetivo de esas reuniones es dar pie al diálogo para que que uno se sienta escuchado y respetado.

Diálogo Abierto se sustancia en el hecho de que cada paciente necesita un equipo “a medida” que trabaje con él/ella. Finlandia es un país rico con menos de seis millones de habitantes, buen nivel cultural, todo tipo de comodidades y recursos. ¿Es realista pretender trasladar ese escenario a un país como España?

Sí, totalmente. No se trata tanto de lo avanzado que sea el sistema de salud de un país. Se pueden crear equipos específicos dentro del sistema de salud mental, o en Asuntos Sociales, que se ocupen de parte de las crisis. Es lo que se ha estado haciendo en muchas provincias de Italia. Y hay equipos así en el Reino Unido, e importantes proyectos de investigación sobre el Diálogo Abierto.

Ha hablado de la importancia capital de un diagnóstico temprano y de tratar al paciente en cuanto aparecen los primeros síntomas. ¿Cuáles son las causas de que no se den esos diagnósticos tempranos? ¿Tiene que ver con la familia? ¿Con el propio paciente?

Cualquier servicio debería basarse en el contacto directo con el cliente. En la mayoría de las crisis severas, en el ámbito de la salud mental, son los familiares más cercanos los que primero se preocupan. Lo del diagnóstico suele ser secundario para ellos. También sucede que no se tiene tanto en cuenta al paciente como esa preocupación que genera en su entorno.

Quizá uno de los factores que más influyen en la cronificación o en la desesperanza por parte del paciente sea el estigma social que conlleva la enfermedad mental. ¿Cómo de poderoso sigue siendo ese estigma en su tierra, en Finlandia?

Creo que en toda Finlandia, y no sólo en las provincias donde se ha implantado el Diálogo Abierto, se ha alcanzado un buen grado de aceptación y de apertura de miras respecto a la salud mental. Pero donde más se ha puesto de manifiesto este cambio ha sido en Laponia Occidental, donde se practica el Diálogo Abierto desde hace treinta años. La gente allí participa constantemente en terapias de grupo con amigos o familiares, y eso propicia que se pierda el miedo a quien es diferente. […] En realidad la palabra “estigma” forma parte del dicurso médico, y Diálogo Abierto lo que propone es una alternativa, una visión más global del ser humano. Nosotros no defendemos que la esquizofrenia sea una enfermedad como otra cualquiera ni por ende nos limitamos a aceptar que tal paciente (psiquiátrico) padece esta o aquella enfermedad. Lo que planteamos es que las crisis son algo natural, que son parte de la vida y que a todos nos puede tocar. Durante una crisis tenemos que ayudarnos los unos a los otros.

Cuando introdujo por primera vez el concepto Diálogo Abierto como forma de tratamiento, a principios de los 80, el 75% del personal relacionado con Salud Mental que trabajaba con usted decidió estudiar Psicoterapia. ¿Qué importancia tiene, incluso para un celador de hospital, adquirir esos conocimientos?

Lo ideal para que el sistema sea lo más efectivo posible, al menos para mí, es que todos los que entran en contacto con los pacientes tengan conocimientos de psicoterapia. Médicos, enfermeros y enfermeras, trabajadores sociales. Incluso otros profesionales, como los profesores de educación especial, deberían estudiar también algo de psicoterapia.

¿Debería ser una asignatura en los colegios? ¿Qué sabe de psicoterapia el estudiante medio finlandés?

“Psicoterapia” es un concepto quizá complejo que relacionamos casi siempre con profesionales expertos en el tema. Yo apuesto por algo más “cotidiano”, más de la calle; pedirle a la gente que esté más receptiva a las crisis de los demás, que estén dispuestos a ayudar. Se podría empezar por pensar de qué manera puedes serle de ayuda a un compañero de clase, o a un familiar.  Y esto sí me gustaría que se transmitiera desde el colegio.

¿Cuál es el mejor consejo que se le puede dar a alguien cuyo hijo, o cuya hija, parece estar desarrollando algún tipo de trastorno psicótico?

Desde mi perspectiva, el mejor consejo es alentarles a que reaccionen rápido cuando algo empiece a preocuparles. Que no dejen que su hijo o su hija se aíslen y pasen demasiado tiempo solos en su habitación (si antes no solían hacerlo). Estar atentos a su discurso, a la aparición de elementos “extraños”, y hablarles, incluso aunque no estén de buen humor. Por supuesto, pedir ayuda a los servicios de crisis si la situación les afecta emocionalmente y es más de lo que pueden abarcar.

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