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En la segunda parte de El Padrino hay dos secuencias que ilustran mejor que cualquier tratado sociológico por qué y cómo triunfa una revolución. En la primera de ellas, Michael Corleone, de viaje de negocios en Cuba, pasa junto a un control de la Policía Militar de Batista. Han interceptado a un guerrillero, la avanzadilla de los que ya estaban por tomar La Habana. El guerrillero se zafa de uno de sus captores y logra arrebatarle una granada de mano. Acto seguido, la acuna en su pecho como un gatito y se lanza con ella dentro del coche la patrulla al grito de “¡Viva Cuba! ¡Viva la Revolución!”. Todos muertos.

La escena impacta a Corleone, pero evidentemente no por su violencia. Como les explica en otra secuencia al grupo de empresarios con los que pretende repartirse –literal y figuradamente- el pastel cubano, la autoinmolación de ese hombre le ha dejado preocupado. “Esta gente no lucha para ningún gobierno, no están a sueldo de nadie. Luchan por principios y no tienen nada que perder. Pueden ganar”. Alguien le acerca una copa de champán a Michael y le dice que se relaje, que esos guerrilleros son unos muertos de hambre, que Batista se los habrá merendado antes de un mes. Esa misma noche, fin de año, Corleone, sus socios, Batista y todos los caciques locales salen cagando leches de Cuba. La revolución ha triunfado. Se nota, se siente, Fidel y el Ché están presentes y no van a hacer prisioneros. No al menos en el palacio presidencial.

15M y la revolución abortada.

El 15M y el caldo de cultivo propiciado por la PAH y todas las Ada Colau de este país ha sido lo más parecido a una revolución que se ha vivido en España desde que el Frente Popular tratara de apretarles más de la cuenta las tuercas a los terratenientes y los poderes fácticos en el 36 con las consecuencias que cualquiera conoce. Entre 1936 y 2011 la sociedad española vivió permanentemente en una balsa de hechos consumados. No hubo masas en las calles para celebrar la muerte del dictador –si acaso para despedirle con todos los honores- y más allá del ámbito universitario o del sindical-agrario andaluz, las familias españolas no hicieron nada por “tomar los cielos”. Franco era un hijo de puta, pero era nuestro hijo de puta. Tampoco las movilizaciones post-23F fueron nada memorables; cualquier plataforma pro-vida te mete en Madrid a más gente un domingo de julio en pleno mundial de fútbol.

Ahora toca preguntarse, ¿es España una nación tan indolente? ¿Tan ajena al compromiso político y a la conciencia de clase? Sí y no. La cuestión es que ese tipo de compromisos no basta con aprenderlos de carrerilla en un libro de historia, ni en El Capital, ni en Las uvas de la ira, ni en La abolición del trabajo. Salvo excepciones, nadie se compromete sin motivo, y también salvo excepciones, nadie suele comprometerse con el vecino de al lado si eso va a implicar una merma del estatus o la estabilidad propias. Corleone lo vio claro, una revolución sólo triunfa cuando la masa crítica ya no tiene nada que perder. Los desahuciados, los parados sin esperanza, los arruinados, los jóvenes condenados a colgar su diploma universitario en la cocina del Burguer King e incluso los que creyeron poder tocar con los dedos los botines de piel de la clase alta y que terminaron por darse una hostia de realidad, todos ellos, tenían poco o nada que perder en 2011. El mismo “¡Basta ya!” que durante años se había gritado para afearle los gestos a ETA –los españoles sólo nos movilizábamos por ETA y por la Champions- ahora se esgrimía transformado en “Sí, se puede” para decirles a los políticos que hasta aquí habíamos llegado. Que no se podían bajar más peldaños.

Lejos de Lavapies y de Vallecas, en la UNAM, un grupo de treintañeros licenciados en Ciencias Políticas tomaban nota de que podía haber sangre en las calles. E hicieron brainstorming. Mucho brainstorming. Y se fueron a los platós de La Sexta, y abrieron cuentas de Twitter, e hicieron creer hasta al último de la fila del INEM que era importante para la causa horizontal de Podemos. “Compañero, forma tu propio Círculo, empodérate y llama a tus amigos. Eres uno de los nuestros, ni menos ni más”. Y del INEM a Madrid y de Madrid al Cielo. La capitalización que Iglesias, Errejón, Bescansa et al. hicieron de la desesperanza y la ruina fue ejemplar. Al menos en su arrancada. Una señora lección de cómo trasladar el laboratorio a la calle. Lograron lo que nadie hasta entonces había logrado, desestabilizar al bipartidismo, dinamitarlo, y asustar a los que se habían repartido el poder durante más de treinta años. Pero la historia de Podemos no parece que vaya a tener un final feliz, como mucho una plácida estancia en la periferia del poder, instalados en los mismos sillones donde antes sentaba el culo la “casta”. Hoy, mayo de 2018, no es necesario haber asistido a las clases magistrales de Carolina Bescansa o Juan Carlos Monedero para entender que Podemos ya ha tocado techo, que Partido Popular y PSOE ya dan por amortizados los votos perdidos tras las turbulencias del 15M y que posiblemente Ciudadanos sea la variable que faltaba en la ecuación para que todo cambie y todo siga como estaba.

El discurso del miedo en bandeja de plata.

En toda fiesta (que se precie de ser tal cosa) llega un momento en que despiertas tirado en un suelo forastero, con la boca pastosa y algo menos de ropa de la que traías; desmemoriado y desorientado. ¿Qué coño ha pasado aquí? Hasta las tres de la mañana todo estaba controlado. ¿Quién es esta gente y por qué me están gritando que me largue de su casa?

¿Qué pasó en la fiesta de Podemos a partir de las tres de la mañana? Pasaron muchas cosas, y lo triste, o lo insólito, es que todo el brainstorming de hace cinco años, y que por momentos funcionaba como un reloj, no les sirviera para prever tremendo resacón. El primer error fue subestimar (o sobreestimar) cuánto tenían aún que perder los españolitos antes de lanzarles consignas anticapitalistas, anti-UE, anti-euro. Muchos españoles todavía tenían mucho que perder, tenían a pesar de todo esperanzas de volver a los días de Dom Perignon y cocaína. La clase media, aunque herida muerte, no se iba a tirar al monte detrás de universitarios imberbes de raigambre marxista-leninista muy mal camuflada. Quedaban los deseherados, los parias de la tierra, los que de verdad no tenían ni arena en los bolsillos; pero citando al intelectual del hooliganismo Eduardo Inda, “esto no es Venezuela, amigos”. Los parias no dan para ganar elecciones en España. No hay suficientes. Todo un dilema. ¿Hablarles a ellos o hablarles a los que se quedaron a dos palmos del Audi Q5? A todos a la vez y en el mismo tono, no era posible, y un partido de nuevo cuño que viene a hacer “nueva política” no podía permitirse dos idearios diferentes, uno a medida de los que pedían pan y techo y otro para los que sólo querían volver a la casa de empeños a rescatar aquel Rolex comprado con dinero negro de la inmobiliaria “porque yo también me lo merezco, qué cojones”. El discurso del miedo servido en bandeja de plata a todos los medios lacayos de la única religión universal: el neoliberalismo. Cada vez que Monedero abría la boca, cada vez que alguien hablaba de Renta Básica Universal o expropiaciones a bancos, cada vez que Inda le plantaba en la cara a Iglesias un folio con un “Gora ETA” como una catedral, al español que todavía tenía algo que perder se le encogían los esfínteres.

El segundo error de los podemitas fue insultar a toda una generación que ya creía haber hecho la revolución a su manera. Que corrieron delante de los grises, que cantaron “Al Vent” puño en alto, que fueron muy feministas, que a veces casi votaban a Anguita, y que gritaron “Felipe, capullo, queremos un hijo tuyo”. Porque, de hecho, Felipe, el gran estadista, también cree que obró una revolución. “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”, espetó Guerra una vez, y no le faltaba razón. Queda por saber si aquella madre habría repudiado a esta hija. Podemos, al atacar las bases de la Transición y, por qué no, al hacer un relato algo torticero de lo que se podía o no podía hacer en este país a finales de los 70 con el Movimiento Nacional en pleno sentado en el Congreso y los generales que no apartaban la mano de la pistola ni durmiendo, cuestionaron la integridad o la inteligencia de los que, a diferencia de ellos, sí que habían vivido aquello. Como el chaval que se ha visto cuatro películas de la Guerra Civil y va y le cuenta a su abuelo, del bando nacional, cómo eran en realidad las cosas en España. Lo menos que puede suceder es que el abuelo haga un rulo con el ABC y se lo estampe en la cara al niñato insolente. Que es, en clave electoral, lo que le sucedió a Podemos con todos los votos que volaron a Ciudadanos, con los pocos que retornaron al PSOE, o con los que se quedaron en su casa. La Transición, aun siendo también producto del brainstorming, la idea de unos pocos para controlar a unos muchos, fue adoptada por nuestra sociedad como el mayor logro desde lo de Massiel en Eurovisión. Pura memoria sentimental que ningún coletas va a poner en solfa. Aunque tenga razón. Eso a los españoles no nos importa un pepino. Como Franco, la Transición es, de nuevo, nuestra hija de puta.

Y el tercer error, el que condena a Podemos a la autoinsuficiencia, es hijo legítimo de los dos anteriores. “De elefantes y cacharrerías” podría titularse una entrega novelada de la ascensión y posterior estancamiento de los morados. Disparar contra todos, no tener palabras de amor más que para los afines, los convencidos. PP, PSOE, los bancos, Europa, PRISA y el 90 por ciento de los medios de comunicación, la Conferencia Episcopal, los empresarios, los artistas no alineados… Hitler abrió menos frentes que estas criaturas. Es trágico que gentes tan instruidas, tan conocedoras de nuestra historia, no hayan aprendido nada de lo que sucedió en el 36 y de por qué sucedió. O que lo hayan aprendido y creyeran que algo había cambiado, que algo podía cambiar en los instintos más bajos de la gente, en sus temores y en la manera que tienen de afrontarlos. El partido que renunciaba a siglas y carnés se ha terminado conduciendo con el tipo de radicalidad que, aunque seductora, aunque tentadora, no da para ganar unas elecciones generales a no ser que te llames Morales o Chaves y la inmensa mayoría de habitantes de tu país, o como mínimo una mayoría amplia, no tenga ni para comprar zapatos viejos. Pensándolo mejor, uno empieza a creer que en aquellas sesiones de brainstorming había más Playstation, más amancebamiento, y más cerveza que momentos para el estudio y la previsión.

Mayonesa cortada.

Me había prometido no hablar aquí de chalets ni de tiros en el pie, ni de “ya os vale, joder, ya os vale”, y tengo la firme intención de cumplir(me) esa promesa. Pero el 15M, y Podemos por extensión, tienen delante de ellos una tarea complicada. Abandonada toda esperanza de sorpassos o de okupar la Moncloa, ¿cuál sería el siguiente paso lógico? ¿Volver al activismo de calle y alejarse de los centros de poder en los que, en el mejor de los escenarios, sólo podrán ejercer de bisagras para portones ajenos, o eternizarse en los sillones de la casta y en improductivas comisiones parlamentarias? ¿Qué hace uno cuando se da cuenta de que el cambio que articulaba principio y final de su discurso no es posible? Porque una revolución, como la mayonesa, no puede quedarse a medias. O la ligas o se corta. Y si se corta no sirve de nada seguir dándole con la minipimer. No. Hay que tirarla y empezar a hacer otra. ¿Entenderán esto Iglesias y compañía? ¿Que son mayonesa cortada? Y si lo entienden, porque lo entienden, porque han leído a Keynes y a Gramsci y puede que hasta a Wittgenstein –no tanto a Simone de Beauvoir o a Ana de Miguel-, ¿asumirán que tienen que ser otros, u otras, los/as que liguen esta mayonesa? Yo lo dudo, pero qué sabré yo. Sólo soy un antiguo monaguillo. Lo único que puedo hacer es observar y volver aquí dentro de un tiempito a continuar con el relato. Por hoy ya es más que suficiente. Salid a la calle, portaos bien con el prójimo, y si os cruzais con Inda dadle mucho cariño. Ya tiene bastante con lo que tiene.

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