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Año 1994. La gran fiesta del grunge acaba con un balazo en la cabeza de Kurt Cobain y la proliferación de sosias y subproductos bien uniformados, urbi et orbe, que corporativizan una escena que nunca quiso ser tal cosa. Pearl Jam, siempre en la picota, siempre bajo la sombra de la sospecha, se están comiendo el mundo con Vs., la continuación lógica de Ten. No es fácil sobreponerse a un debut que alcanza el estatus de icono de manera súbita. Ellos lo hicieron, y con nota. Pero el espejo no hace más que devolverles la imagen de Nirvana, les recuerda que ellos, los chicos de Cobain, son los auténticos, los de la antorcha del punk, los del nihilismo sin condiciones. O al menos esa es la cantinela de aquellos a los que ninguna multinacional quiso comprar, los que, a pie de obra, dan instrucciones sobre cómo se tienen que hacer las cosas. El caso es que tanto murmullo, tanto “¡A esa mezcla le falta agua!”, les afectó. En especial a Vedder, el chico guapo, el líder carismático, sensible y fibroso. ¿Cómo alguien así va a saber lo que es el dolor? Más aún, ¿cómo va a existir alguien así? Venga, por favor. Argumentos ad hominem y suspenso en primero de psicología para los profesionales de la opinión. Que el bagaje de una banda –Mother Love Bone, Green River, Temple of the Dog- no arruine una buena campaña de descrédito.

La muerte de Cobain no hizo sino ahondar en la herida. Ahora Pearl Jam ya no competían contra las canciones de otros, contra los discos de otros, Ten contra Nevermind, Vs. contra In utero. No, ahora la imagen del espejo era un fantasma, joven para siempre, para siempre berreando “Entertain us, entertain us!”. Y aunque el suicidio comercial, la verdadera ruptura con el sonido que los convirtió en ídolos de unos y en diana de otros, llegaría con el cuarto álbum, No Code, la autoinmolación del jefe de todo esto, la rabia contenida por un suceso que consideraban evitable y del que culpaban al monstruo de la fama derivó en Vitalogy, punto intermedio entre lo que eran y lo que serían. Del discurso “me odio y quiero morir” a retratos costumbristas (“Betterman”) y crítica social (“Corduroy”), de la transparencia sonora al grano, al ruido del garaje, a los chispazos de la aguja sobre el vinilo (“Spin the black circle”, “Satan’s Bed”), de los cánones de verso y estribillo al juego y la experimentación (“Pry, to”, “Aya Davanita”). Pero ya ha quedado dicho que esto no es una ruptura, no es una reinvención, Pearl Jam no necesitaban reinventarse (todavía). “Nothingman”, “Tremor Christ”, “Immortality”, “Not for you” recuerdan que la marca de la casa siempre se las arregla para boquear en la superficie. Afortunadamente. Y afortunadamente todo, nuevo o viejo, les salía bien.

Vitalogy cerró una trilogía dorada, el sueño de cualquier banda con poco más de tres años de vida, y el resto, para bien o para mal, es la historia de un grupo en permanente huida de sí mismo que triunfó en su batalla por renunciar a lo que un día fueron, que convirtió sus éxitos de juventud en meros trámites del directo y acabó por perder  de manera honesta e irreversible su capacidad para convertir cada texto de Vedder, cada línea de guitarra de Gossard y McCready, en un himno generacional. Pero era 1994 y aún no sabíamos que Pearl Jam se transformarían en los protagonistas de una canción de Pearl Jam. Nos limitábamos a quedarnos boquiabiertos ante la insolente exhuberancia de cuatro músicos que surfeaban su propia ola sin que nadie les pudiera tocar. Nadie.

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