Una-familia-de-Tokyo-YamadaCasi 83 primaveras contemplan a Yôji Yamada, y aunque cada entrega de su filmografía tenga ya visos de réquiem, como aquel samurái crepuscular de El ocaso del samurái (2002), siempre queda tiempo para colocarse una vez más detrás de la cámara. Yamada es de la estirpe de Kurosawa, de Huston, de Altman. Morirá con las botas puestas, claqueta en mano.

Y no, tampoco esta Una familia de Tokyo será su canto del cisne; el provecto Yôji tiene a punto de caramelo My new secret, pero, por si las moscas, va dejando los deberes hechos en cada nueva obra. Ahora vuelve al Japón de nuestros días para hablar de temas universales, del conflicto inter-generacional, de la pérdida de valores, canalizados a través de una pareja de ancianos ‘de provincias’ que viajan a la capital del imperio nipón para reencontrarse con sus tres hijos. No sólo sale a relucir aquí la absoluta desconexión entre padres e hijos, también el choque cultural de estos dos seres apacibles, de sólidas costumbres y devotos de las tradiciones, al darse de bruces contra ese monstruo de la modernidad llamado Tokyo.

Uno no puede por más que sonreírse cuando escucha al patriarca afirmar que “algo se ha torcido en este país”. Si Japón anda torcido, será mejor que eviten los cruceros de placer por el Mediterráneo. No obstante, ese es el mensaje que más preocupa a Yamada y que más se preocupa por transmitir. Los hijos abandonan el pueblo, el campo y, en general, llevan vidas razonablemente prósperas dentro de la megalópolis. Pero no hay felicidad, no hay alegría; los hijos de los hijos son directamente unos completos desconocidos y ellos, los abuelos, un estorbo.

Yamada encara el relato como es de esperar en alguien que ha vivido más de tres cuartos de siglo. Es parsimonioso y detallista, conoce bien a sus personajes y, por supuesto, nos contagia esa familiaridad. En Una familia de Tokyo el concepto de cine familiar adquiere una dimensión que nada tiene que ver con el tipo de productos a los que suele ir asociado. Por otra parte, el manejo del lenguaje cinematográfico, eso tan en desuso en tiempos de videoclips convertidos en largometrajes, pone de manifiesto el tópico del grado y la veteranía, y que el viejo arte de lo subliminal debería enseñarse en las escuelas de cine mucho antes que los modelos de negocio. Filmar por gusto o por caprichos estéticos está muy bien; filmar para crear metáforas visuales, está aún mejor. Ese dominio de los matices, sumado quizá al rigor japonés, es lo que otorga en buena medida a Una familia de Tokyo su carga de cercanía y emotividad, mientras su hermana gemela gringa, aquella Todos están bien de 2009, no era sino una enorme montaña de lugares comunes coronada de moralina barata –y con un De Niro que al llorar daba risa, dicho sea de paso-. Parafraseando al añorado Zulueta, Yamada sigue sintiendo el ‘arrebato’. Que sea por muchos años más.

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