Paraíso-Fe-Ulrich-Seidl-bDejamos atrás a la señora oronda de Paraíso: Amor, aquella que buscaba sexo fácil entre los jóvenes keniatas que rondaban su lujoso resort y volvemos, siempre de la mano de Ulrich Seidl, a Austria, a seguir los pasos de su hermana, una fanática religiosa al borde de la enajenación que aprovecha las vacaciones de verano para flagelarse ante un crucifijo y llevar la palabra del Señor adonde nadie la ha pedido.

Mucho se ha hablado de las conexiones entre el cine de Seidl y el de Haneke, y ciertamente algo deben ponerle al café allá en tierras austriacas para que sus creadores gasten semejante mala baba. No obstante, hay importantes matices que separan a Seidl del autor de La Pianista en los que quizá no se hace tanto hincapié, pero que vienen a marcar la línea entre el genio y el director simplemente brillante. En Seidl todo es más obvio, más directo. Su uso del lenguaje cinematográfico, de lo subliminal, es cualquier cosa menos sutil, por no decir inexistente. Le va lo hardcore, la crudeza, el feísmo; es implacable con el espectador a menudo más allá de lo que el ‘mensaje’ requiere. En otras palabras: Haneke podría firmar sin despeinarse diez trilogías como Paraíso; Seidl sería no haría nunca La cinta blanca o Amor.

Y con esos mimbres brutales afronta el polémico Ulrich el relato del día a día de esta Anna María, sin que nos quede claro si lo que pretende es ensañarse con el catolicismo –un ensañamiento burdo y facilón en según qué pasajes- o contarnos, y esto sí tendría más miga, que, como diría el cuasi compatriota Nietzsche, Dios ha abandonado el edificio. No recen más. No hay remedio. Respecto a lo primero, quizá llegue unas cuantas décadas tarde para escandalizar a nadie mostrando a una mujer que se masturba con un crucifijo. Si es lo segundo, afinaba mucho mejor en Amor con su fotografía de la repugnante decadencia humana.

No hay duda de que Seidl tiene punch, y que en el fondo esta Anna Maria que Maria Hofstätter clava de forma tan certera como los romanos a Jesús –disculpen el chiste fácil- probablemente exista ahí fuera. También existen la mayoría de los pirados de los que se nutren Harmony Korine o Takashi Miike, pero ninguno de ellos representa más que su propia locura. El contundente puñetazo a la sociedad occidental que se suponía debía ser Paraíso pierde aquí el rumbo. Veremos si lo endereza con Paraíso: Esperanza. Sea como sea, los adictos a las emociones fuertes allí estaremos, y es que si algo queda meridianamente claro es que Seidl sabe cómo hacer para que nos exploten en la cara.

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