La-mejor-oferta-TornatoreQueda ya muy lejos aquel Tornatore que emocionó a medio mundo con el mocoso cinéfilo de Cinema Paradiso. Hace tiempo que el oscarizado director juega en otra liga; la de los realizadores de prestigio internacional que, aun conservando su estatus artístico y toda la independencia de la que son capaces, pueden permitirse el lujo de rodar como, cuando y con quien quieran. Se lo ha ganado, ¿no? Y sí, puede quedar lejos el director sencillo y cercano de la primera etapa, pero hay en la obra de Tornatore factores innegociables. Mima a sus personajes, como vástagos suyos que son, y rara vez sus guiones tienen fallas relevantes. El guión es Dios y los actores apóstoles que confían sin pestañear en la palabra del gran Giuseppe.

Todo ello se pone de manifiesto en esta La mejor oferta, drama sibarita, romance improbable, con sutiles (aunque capitales) pinceladas de misterio y erotismo que protagoniza un descomunal Geoffrey Rush. El australiano encarna a un tratante de antigüedades, multimillonario, tan apegado a sus obras de arte como incapaz para la interacción con otros seres humanos, especialmente si estos son del sexo opuesto. Rush hace una composición abrumadora de ese perfecto maniático que, poco a poco, irá mandando a paseo sus principios de ogro refinado cuando en su camino se cruce una joven heredera (Sylvia Hoeks), bellísima y agorafóbica para más señas.

De esa transformación es vehículo el camaleónico Rush; vehículo imprescindible y de absoluta precisión, pero es la mano maestra de Tornatore la que guía a su personaje hasta el punto de no retorno. Este Virgil Oldman sigue las miguitas de pan que le conducen a lo desconocido, lo incierto, y las sigue por el motivo más viejo del mundo: el amor. Como Alicia, el estirado Virgil cae por el agujero de conejo y las consecuencias son impredecibles.

Quizá estemos ante la cinta menos personal de Tornatore, si entendemos por ello el que La mejor oferta navegue más cerca del cine ‘de género’ que de las sesiones dobles de la filmoteca local. Sin embargo, como Hitchcock, a quien tributa una y mil veces en este trabajo, Tornatore se sirve del gancho de un relato que el espectador no querrá que termine nunca para introducir reflexiones o análisis sobre la condición humana, sus trampas, sus debilidades, que no pueden en ningún caso pasar desapercibidas. La mejor oferta es cine total, capaz de satisfacer a todo tipo de paladares. Cine que gustaría a Sir Alfred, a Kubrick, tal vez incluso a Godard, y, por supuesto, al pequeño Totó. En una sola palabra: impecable.

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