el-ultimo-elvisArmando Bo, co-firmante junto a González Iñarritu del guión de Biutiful, da el salto a la dirección con este drama de parecidos mimbres a aquella ‘vida perra’ de Javier Bardem. Su protagonista, un imitador de Elvis, lo que los gringos llaman impersonator, alterna una vida gris oscuro, corta de ‘plata’, con una niña y una mujer siempre distantes, y su obsesión, su ilusión, quizá su delirio: convertirse en el mejor Elvis posible. O, simplemente, SER Elvis.

Bo es de esos cineastas amamantados por un realismo entendido como puro dramón; el delos Mike Leigh, Ken Loach o el propio Iñarritu cuando no se dispersa demasiado. Con pequeñas licencias poéticas, tal vez, pero sin renglones torcidos a la hora de perfilar personajes perdedores, muy baqueteados por la vida. En el caso de este Elvis porteño, la música y la memoria del icono de Tupelo lo son todo, su pequeña tabla de salvación para seguir adelante entre aguas procelosas. En bodas y bautizos o en residencias de ancianos, lo importante es sentir las canciones del Rey fluyendo garganta afuera. Y no lo hace nada mal –soberbio John McInerny, que sustituyó en el último momento a Darín-. Pero Bo sabe, y nosotros sabemos, que apostar todo a un sueño imposible es mal negocio. Tanto como querer fabricar hielo en la jungla o levantar un palacio de la ópera en el Amazonas; malos negocios que, sin embargo, hay que llevar siempre hasta el final.

El último Elvis es enternecedora por momentos, algo maniquea –la relación padre/hija es propia del manual del buen drama contemporáneo-, y decididamente pesimista, aunque su estructura de película de un solo personaje, de un personaje tan poderoso, tan dependiente de su frágil fantasía, tan ‘empatizable’, entierra las posibles lagunas para dejarnos flotando en una melancolía hermana de aquellas líneas de Calderón de la Barca: “que toda la vida es sueño y los sueños, sueños son”.

Si a todo lo anterior le sumamos el repertorio más descarnado del Rey del rock and roll, desde ‘Suspicious Minds’ a ‘Unchained Melody’, pasando por ‘American Trilogy’ o ‘Always on my mind’, parece evidente que el debut tras la cámara de Armando Bo merece, y mucho, ser tenido en cuenta.

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