Rebelde-War-WitchEn Un lugar cualquiera del África subsahariana, en un conflicto armado cualquiera, una niña cualquiera obligada a empuñar un fusil y a separarse de su aldea –debidamente asaltada y saqueada por los ‘rebeldes’-. Kim Nguyen propone todos estos ‘cualquiera’ como símbolo de unas circunstancias cuasi universales, al menos en las zonas del hemisferio sur donde reinan la miseria y el caos. No entra en disquisiciones geopolíticas o económicas, todas ellas se sobreentienden, y se centra en narrar el horror de su protagonista, quien, a su vez, hace de lo mostrado en pantalla un relato autobiográfico para su hijo recién nacido.

Sólo un matiz separa a Rebelde del documental: la realidad es sin duda alguna mucho más atroz de lo que su cámara captura. En la medida de lo posible Nguyen ahorra al espectador imágenes de tortura y masacre. Flotan en el ambiente, casi podemos verlas por el rabillo del ojo, pero el realizador canadiense prefiere no cargar las tintas de lo mórbido y centrarse en los aspectos emocionales de crecer cargando un Kalashnikov por una jungla siempre hostil.

Podría caerse en el error de pensar que en ciertos tramos de Rebelde Nguyen lleva a cabo una suerte de poesía del espanto, eso tan querido y tan premiado en los festivales que frecuentan y regentan quienes en realidad tienen poco o ningún interés en las tragedias humanas. Sería un error, digo, porque si hay lirismo en Rebelde este nace exclusivamente de las reflexiones, de la psique, de una niña de la guerra, no de armonizar excelsas secuencias de muerte y dolor. Nguyen es más Malick que Spielberg en ese sentido, y aquí y allá resuenan ecos de La Delgada Línea Roja o similares.

Por último, unas cuantas preguntas al viento: ¿qué se premia en Cannes y alrededores de películas como Rebelde? ¿Es la película en sí o lo que representa? O, dicho de otra manera, ¿lavamos nuestras sucias conciencias norteñas regalando estatuillas doradas a historias como la de la desgraciada Komona? Habría que hacérselo mirar.

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