The-Lords-of-SalemPastiche, dícese del “plagio que consiste en tomar determinados elementos característicos de la obra de un artista o de las de varios y combinarlos de forma que parezcan una creación original”. Eso dice la RAE, y con esa sola palabra podría resumirse la carrera cinematográfica de Rob Zombie hasta la fecha. Tirando de su imaginario personal, plagado de cintas de ‘culto’ que sólo conocen los, en tiempos, muy adictos a los rincones más oscuros del videoclub, andaba el hombre forjándose una entretenida filmografía a base de personales psicopáticos –casi siempre interpretados por actores rescatados de la cola del paro, o del asilo-, no poco humor negro y mucho, muchísimo zumo de tomate. Dejando al margen su revisitación de Halloween, esta The Lords of Salem podría pasar por ser su película de terror ‘clásico’. Así, el gurú de la serie B moderna le da un sonoro puntapié a su mayor virtud; no tomarse demasiado en serio a sí mismo. Lo que antes era diversión para mentes perturbadas ha mutado en tedio, en ridículo.

The Lords of Salem pone además de manifiesto las gigantescas carencias del Rob Zombie escritor, ahora que no se ha limitado a dejarlo todo en manos de cuatro pirados histriónicos o a mamar de la generosa teta de John Carpenter. Todo sigue siendo un pastiche, desde luego, pero esta historia de brujas vengadoras, satanismo y chica de buen ver en peligro es un despropósito arrítmico y vulgar que ni siquiera deja tras de sí ni un mísero sobresalto al uso, salvo que acabes de salir de misa de ocho. En todo caso estas brujas de Salem 2.0 pueden vanagloriarse de alguna que otra secuencia estomagante, lo que, viniendo de la mansión Zombie, es ciertamente un bagaje muy pobre.

Esperemos que este renacentista del horror abandone en el futuro la fantasía de convertirse en una especie de Mario Bava del siglo XXI y vuelva a ser ese alumno aventajado de Tobe Hooper con el que tantas palomitas devoramos en La casa de los 1.000 cadáveres o Los renegados del diablo. Zapatero a tus zapatos… o a tus botas de Frankenstein.

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