Un-gran-equipoUno tiene claro que al cine francés le va más que bien cuando se sienta delante de productos como Un gran equipo; comedias para todos los públicos de innegable vocación comercial que en absoluto salen mal paradas de comparaciones con sus pares hollywoodienses. Los puntos flacos de la cinta de Olivier Dahan pueden estar en su previsibilidad o en los altibajos de su montante humorístico, pero todo lo demás se ha hecho a lo grande; no deja tras de sí la estela de ‘quiero y no puedo’ de películas provenientes de industrias menos boyantes.

Pero todo lo anterior tiene que ver con el departamento de contabilidad y el buen hacer de quienes manejan los hilos del celuloide galo, no con méritos artísticos. En ese sentido Un gran equipo explota la fórmula del mega-éxito Bienvenidos al Norte cambiando carteros por viejas glorias del fútbol y los paisajes septentrionales por la Bretaña francesa. Allí, media docenas de ex-campeones, todos retirados, se unirán a un equipo de cuarta regional para tratar de hacerle medrar en la competición y llevar algo de dinero a un pequeño pueblo de pescadores.

Es un argumento comodín ese de mezclar a resabiados de ciudad con pueblerinos (o viceversa), tan antiguo como la linterna mágica, por lo que el éxito o el fracaso de la ‘aventura’ depende muy mucho de cuánto se logre hacer reír al personal. Es casi lo único que importa si, como ha quedado dicho, las cuestiones técnicas están respaldadas por una generosa chequera. Y ahí es donde Dahan y sus balompédicos protagonistas se quedan a mitad de camino. Un gran equipo comienza prometedora, sobre todo para los futboleros de la casa, que conectarán ipso facto con una antigua estrella del Milán, ahora destrozado psicológicamente, que no soporta que hayan quitado a su ‘personaje’ del Fifa 2011, o con ese otro bala perdida que entra y sale de la cárcel por su carácter más bien difícil, o, seguro, con un delantero ahora metido a (pésimo) actor que es el hazmerreír del mundo por fallar en su día un penalti tirado a lo Panenka. Es, sin lugar a dudas, el tramo más brillante de la película, cuando Dahan despacha esos hiperbólicos perfiles de los antaño triunfadores superados por el estrés postraumático de ser desterrados para siempre y de la noche a la mañana del circo de la fama, de los estadios llenos hasta la bandera, del aplauso, en definitiva.

Después llegan los lugares comunes, los tópicos de un género manoseado hasta la náusea. Las fórmulas son así: se agotan muy rápido a no ser que se les agreguen buenas dosis de ingredientes secretos. Dahan se queda corto y lo que podría hacer de su película “the special one”, que dirían los hinchas de Mourinho, apenas da para veinte minutos. El balance final es el de una cinta simpaticona, correcta; ni mejor ni peor que el grueso de comedias que abarrotan la cartelera. Eso sí, los detractores del deporte rey mejor que ni se acerquen. No entenderán nada.

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