KauwboyIgual que existe el año mundial de la discapacidad o de la lucha contra el cáncer, este curso 2012/2013 parece estar siendo el año de las películas sobre chiquillos problemáticos –o con problemas, que no siempre es lo mismo-. Al menos en lo tocante a la cartelera patria. Últimamente han desfilado por delante de nuestra retina, entre otros, los abusos imaginarios de La Caza, la niña que quería ser niño de TomboyDespués de Lucía y su víctima del ‘bullying’ escolar, o los adolescentes sin rumbo de Los niños salvajes y Las ventajas de ser un marginado. Para todos los gustos, desde luego. Y el suministro continúa. Esta Kauwboy pretende hacernos partícipes de la difícil aceptación por parte de un crío de doce años de la ausencia de su madre. Un padre devastado por la viudedad, mucho tiempo solo, y la imaginación del pequeño que hará de las suyas para esconder el dolor allí donde ni él mismo pueda encontrarlo.

Boudewijn Koole desgrana algunas buenas ideas en Kauwboy; cómo su rubicundo protagonista se ‘hermana’ con una cría de cuervo que encuentra perdida en el bosque, cómo comienza a entender su propia pérdida a través de la relación con su nueva mascota, o el no convertir al huérfano en un estereotipo con patas, antes al contrario, le imagina un chico alegre, moderadamente ‘popular’. Feliz en su autoengaño, en definitiva. Pero, por desgracia, casi desde el minuto cero los lugares comunes se elevan, cual risco insalvable, sobre la historia de Koole. O, en otras palabras: esta película ya la hemos visto antes unas cuantas veces. Con mejor o peor resultado, pero ya la hemos visto, y predecir con precisión suiza lo que acontecerá en pantalla nunca es una buena noticia. He ahí la gran losa que arrastra Kauwboy.

Si alguien cayera ahora mismo sobre la Tierra y fuera la cinta de Koole su desvirgamiento en esto del celuloide, no hay duda, concluiría que es una obra soberbia, de exquisito tacto y cargada desde lo visual hasta lo sonoro de belleza minimalista. Sin embargo, los que llevamos algo de más tiempo en el planeta tenemos una percepción muy diferente. Lo único que hace especial a Kauwboy a nuestros ojos, es su exótica procedencia. No se prodiga nuestra taquilla en títulos holandeses, pero ni siquiera eso supone a la hora de la verdad un factor diferenciador. Podría estar ambientada en París, o en Omaha, o en las afueras de Barcelona y nada cambiaría. Koole cuenta su versión de este tipo de cuitas infantiles demasiado inspirado por todos los que llegaron antes que él. ha aprendido la lección más que bien, pero, salvo las escasas pinceladas mencionadas más atrás, no imprime verdadera personalidad a su película. ¿Cuál es el ‘toque Koole’? Imposible responder a eso. Y es que desde Los cuatrocientos golpes de Truffaut, pasando por los puñetazos suburbanos de rabia de los hermanos Dardenne o Ken Loach y sus docenas de hijos bastardos, el camino ha sido largo y fructífero. Tomando como referencia ‘the big picture’, que dirían los yanquis, la competencia era muy, muy dura para el bienintencionado Koole.

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