October-Baby-PósterAlgo empieza a oler raro ya desde los primeros compases de October Baby. Lidia con pre-universitarios yanquis, pero no hay fiestas salvajes, ni sexo a deshoras, ni siquiera besitos en el desván. Nadie suelta un mísero ”fuck’, ni un “asshole”, y cuando los protagonistas salen juntos de viaje las chicas y los chicos duermen en habitaciones separadas. Pero de todo eso se da uno cuenta más tarde; de entrada quedamos capturados por el drama de la angelical Rachel Hendrix, adoptada el día de su nacimiento tras un aborto fallido. La pobre anda como vaca sin cencerro. No se encuentra.  Y uno sigue adelante, sí; quizá con fe tambaleante, a medida que los deja vu se hacen más patentes, como si Andrew y Jon Erwin hubieran sembrado toda su película de jirones provenientes de otros dramas juveniles al uso. Personajes de profunda psique, bellos por dentro y por fuera –más el gordito ingenioso, claro-, siempre con brillantes reflexiones que sacarse de la manga. O esa banda sonora plagada de tonadillas de folk sentimental, a imagen y semejanza de lo que suena en cualquier garito ‘alternativo’, aunque aquí perpetradas por nombres que parecen salidos de la nada, exactamente igual que los actores, como la pareja de directores, como hasta el último mono de los títulos de crédito. Y el caso es que October Baby no tiene pinta de ser TAN underground.

¿Qué está pasando? ¿He saltado en el espacio/tiempo hacia una realidad paralela donde músicos, intérpretes y realizadores me son totalmente ajenos? Hay que esperar hasta los veinte minutos finales para que October Baby revele su verdadera naturaleza; cuando Hendrix ve por fin iluminado su camino por las mesiánicas palabras de un curita. Et voilà! En ese momento debería desplegarse sobre la pantalla un cartel que rezase –nunca mejor dicho-: “acaba usted de ser víctima de la sibilina manipulación de una productora de cine cristiana”. Lástima que al final descubriera el pastel, porque casi me tenían ganado para la causa sin yo saberlo y ya mi corazón se sentía algo menos compungido y liberado de nihilismo. Pero la sutileza con que October Baby imita al cine que quieren ver los ‘jóvenes de hoy’ salta en pedazos cuando toca entrar en harina; es decir, hundir en la miseria más absoluta a cualquier mujer que alguna vez pasase por el trance del aborto, o disuadir a cualquiera que se lo esté planteando. No hay plano cenital de esa cuitada Hannah debatiéndose en su cama entre el “¿quién soy?” y el “¿de dónde vengo?” capaz de camuflar el ‘mensajito’.

Tampoco hay manera de que los amigos de la secta detrás del panfleto me devuelvan la hora y media perdida con su propaganda, aunque asumiré la responsabilidad por incauto y confiado. Ustedes, lectores, no tienen por qué perder esos 90 minutos. Consideren esto no una crítica, no una reseña, sino un aviso, y una vez avisados actúen según lo que les pida el cuerpo. En cualquier caso, incluso haciendo el enorme esfuerzo de obviar el delito de manipulación torticera, los valores cinematográficos de la cinta de los Erwin son en realidad como los refrescos de cola de Lidl; no saben mal del todo, pero no es Coca Cola. Ni siquiera Pepsi.

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