La-soledad-de-los-números-primosEs complicado salir airoso de la adaptación de un best seller, incluso aunque, como en este caso, el autor de la novela de marras tenga voz y voto en la elaboración del guión y, por tanto, se le suponga una cierta fidelidad para con la obra original. Pero un lector siempre recelará cuando se estrene la traslación a la gran pantalla de aquel libro que le cautivó o, peor aún, no le dará ni la más mínima oportunidad si es que la historia primigenia le dejó frío o le supuso un mal trago. Y La soledad de los números primos, qué duda cabe, es de esas novelas capaces de polarizar sin remedio a su público.

Quienes empatizasen con las almas torturadas de Paolo Giordano, los traumas que nacen en la infancia y marcan toda una vida, las existencias solitarias que se complementan –o que se completan, que diría aquel- podrán tal vez discrepar de la(s) forma(s) con que Saverio Costanzo trae a la vida La soledad de los números primos, porque son muchas las cuestiones en liza, muchos los años que abarca y muchos los personajes secundarios que aquí apenas si aparecen mínimamente bosquejados; pero es innegable que, efectivamente, estos Mattia y Alice de carne y hueso transmiten y de qué manera todo el dolor que llevan dentro y, más importante, nos dejan claro los porqués de ese dolor. Por su parte, aquellos que encontraran deprimente y desasosegante tanto autismo emocional, tanta angustia cogida al pecho, aquí se encontrarán con un par de tazas bien reconcentradas de ese caldo. Hay que tomarlas o dejarlas.

No se le puede reprochar, pues, a Costanzo falta de osadía. Por el contrario, se debe alabar su capacidad para no dispersarse en exceso entre todas esas ramificaciones narrativas que La soledad… encierra, en ningún modo superfluas pero sí adyacentes al leit motiv trágico-romántico de la novela y, por ende, susceptibles de ser sacrificadas para no acabar como Kenneth Lonergan y su inestrenable Margaret de cinco horas. Costanzo sabe decir con imágenes lo que Giordano ya dijo con palabras y sus protagonistas llegan a calarnos hondo –todo lo que nos puedan calar ciertas personalidades-, muy en especial la Alice que encarna Alba Rohrwacher, coja por dentro y por fuera. Nos habría gustado disfrutar más de la grandiosa Isabella Rossellini pero, ya ha quedado dicho, su papel aquí es un medio y no el fin.

Si Murakami hubiera nacido en el norte de Italia es posible que imaginara vidas como estas, y Saverio Costanzo se antojaría el director ideal a la hora de pasarlas por la linterna mágica. Él o alguien como él, con la sensibilidad y el talento suficientes para aunar el drama moderno de la incomunicación con fugaces destellos de poesía en movimiento. No es esta la película más recomendable para la primavera, por aquello de que las depresiones acechan tan traicioneras como las alergias, pero en cualquier caso hay que tomar nota de ella. Aunque sea para verla en verano, margarita en ristre y con los bajones a raya.

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