Érase-una-vez-en-AnatoliaEs inevitable, al menos para quien esto firma, fruncir el ceño ante películas de más de dos horas y media. Lo siento, pero todavía no me he recuperado del todo del trauma catatónico en que me sumió Béla Tarr con su ‘caballo turinés’, y aún pasará tiempo antes de que vuelva a entregarme a ciegas y sin recelos a metrajes excesivos. Afortunadamente, sin ser el rey del mambo, los lazos entre Nuri Bilge Ceylan y el genio húngaro son, a excepción hecha de cierta aspereza formal, inexistentes, y su cine, como aquella tremenda Tres Monos de 2008, está pensado para personas cuyos ciclos vitales se mueven al son de la órbita planetaria. La mala noticia es que en Érase una vez en Anatolia Ceylan peca de disperso y se hace merecedor de un buen refrán: el que mucho abarca poco aprieta.

Comienza el de Estambul haciéndonos partícipes, prácticamente en tiempo real, de la excursión de un grupo de policías más un juez, un forense y un par de sospechosos hacia remotos caminos rurales en busca de un cadáver enterrado nadie sabe dónde. No hay gran suspense ni ningún Hannibal Lecter dictando los pasos a seguir, pero conjugando nocturnidad, el desgaste psicológico de los participantes en las pesquisas y, muy especialmente, el interés del espectador por conocer los detalles del crimen cometido y sus motivaciones, la primera parte se sostiene sin más problemas. Ni siquiera estorban aquí las divagaciones de algunos de los personajes; todo forma parte de un juego al que queremos jugar de buena gana. Y llega el clímax. Justo a mitad del recorrido. Y a partir de ahí es cuando Ceylan pone a prueba los cimientos de su guión y de nuestra paciencia.

Toca conocer detalles de la vida de unos y otros; abandonar toda excitación para recibir a toro pasado y con un pulso narrativo cuanto menos arrítmico las respuestas que se nos debían. Sin embargo, Ceylan nos ha prometido tanto a lo largo de la hora y media anterior –está claro que no hablamos de una mera introducción- que llegados a este punto sólo esperamos un mutis por el foro y la caída del telón. Porque lo cierto es que en ningún momento Érase una vez en Anatolia adopta maneras de thriller o de policíaco, y prevemos –y acabamos por confirmar- que aunque el reloj de arena se haya vaciado sólo en parte, aquí está todo el pescado vendido.

Podría el realizador turco haber tirado de alguna otra fórmula para redondear su película. No es pecado utilizar flashbacks ni interludios para ponérselo más fácil a la bancada. Tal vez crea que lo lineal es más puro, que hay más verdad en no trampear el espacio/tiempo, y en eso sí que coincide con el amigo Tarr, pero el tedio también debería tener un carácter ‘impuro’ y pecaminoso en la gran pantalla. Mucho más cuando, como en el caso que nos ocupa, el director, dios supremo de su propia obra, tiene entre manos una escalera de color pero opta por no utilizar comodín alguno y prefiere despachar un par de ases, un trío a lo sumo.

Veremos qué nos depara la próxima jugada de Nuri Bilge. En realidad tiene crédito de sobra.

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