Un-asunto-realCon una dirección artística al nivel de las más lujosas cintas de época que el dinero puede pagar y una historia cargada de intrigas palaciegas en la Dinamarca del siglo XVIII Nikolaj Arcel lo tenía fácil para entregar un producto de mucho empaque. Esa corte danesa, su rey medio tarambanas y la podredumbre moral reinante –nunca mejor dicho- dan para que las dos horas largas de metraje que el realizador danés nos dispensa pasen como un suspiro.

Ha sido capaz Arcel de inyectarle cierto romanticismo a su Un asunto real sin acabar despeñado por cuentos de hadas ni perdices servidas en pepitoria mientras da buena cuenta de las luchas de poder, los celos y el eterno temor de los nobles a ser despojados de sus privilegios. De hecho es esto último lo que precipita casi todos los acontecimientos, y al observar cómo se desarrollan esos Consejos del Reino en los que Arcel nos cuela uno no puede evitar pensar lo poco que han cambiado algunas cosas en la vieja Europa. La Merkel bien podría ser el regidor gordinflón que veta una y otra vez las propuestas de un rey que no pinta nada.

Y es que en Un asunto real clasicismo y modernidad se dan la mano, y no sólo en lo ‘ideológico’. El cine de época que aquí se propone tiene más que ver con las recientes L’Apollonide o Adiós a la Reina y su manera de retratar siglos pasados como lo que eran, ciudades llenas de miseria y enfermedad, aristócrtas hinchados de ácido úrico o la desoladora soledad de los reyes en gigantescas jaulas de piedra y oro, que con el glamour naive de Sissy Emperatriz. Lo que las viejas glorias de Hollywood –y no pocas de las nuevas- no nos contaban es que probablemente Sissy no se bañase más que una vez al mes, que sus encuentros sexuales con su mayestático marido eran torpes y abruptos, que el concepto de intimidad no existía en su universo. Arcel sí entra en ese tipo de detalles, imprescindibles para ponernos en verdadera) situación.

La guinda a todos los parabienes que Un asunto real trae consigo llega en forma de un sensacional reparto encabezado por la mirada heladora de Mads Mikkelsen, a quien sólo le separa del estrellato mundial el hecho de haber nacido en Copenhague. Mikkel Boe Folsgaard, como el perturbado rey Christian VII o su hermosa consorte, una entregada Alicia Vikander, están igualmente a la altura de las circunstancias, pero siempre y en todo momento tras la estela de Mikkelsen.

Algo huele a podrido en Dinamarca… pero no en las salas de cine. Tipos como Nikolaj Arcel las mantienen bien ventiladas aun encerrándonos en las decadentes alcobas imperiales de hace 300 años.

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