TomboyComo sucede con todos los tabúes sociales, el cine, que al fin y al cabo no es más que un espejo del mundo, nunca ha querido sumergirse demasiado en cuestiones como la transexualidad. Boys Don’t CryTransAmerica, o XXY –aunque en realidad esta última rizara un poco más el rizo hablando de hermafroditismo- son algunos de los escasos títulos que servidor alcanza a recordar si es que echamos la vista atrás a los últimos 15 o 20 años de celuloide. Pero, de nuevo, como todas las historias que se cuentan desde la gran pantalla, las que tienen que ver con los transexuales y sus circunstancias también están ahí aunque no formen demasiado escándalo y Céline Sciamma versa en Tomboy sobre un doble dilema: ser transexual, o un futuro transexual, y ser niña. Un órdago que, de no ser tratado con la sensibilidad de la que Sciamma hace gala podría haber terminado en un batacazo morboso que desviara la atención de lo esencial: ¿cómo afronta una pre-adolescente el hecho de saberse ‘él’ y no ‘ella’?

La realizadora francesa afronta Tomboy como si de un cuento de verano se tratase. Los niños juegan, asilvestrados, en sus bosques secretos, se dan sus primeros besos, se zurran de lo lindo… y dentro de esa dinámica Sciamma introduce poco a poco, con exquisita sutileza, los obstáculos, los conflictos, que su protagonista se encontrará por el camino. Aunque el mayor acierto de Tomboy no radica en poner de manifiesto unas disyuntivas que cualquiera podría prever, sino en sublimar la capacidad de los críos para sobreponerse a las dificultades y abstraerse de ellas mientras los adultos las convierten en verdaderas tragedias griegas. Sciamma sabe cómo capturar la óptica infantil y entregar ingenuidad y ternura donde otros verían sólo drama descarnado. Sí, tarde o temprano el drama ha de llegar a la vida de esa Laure, es inevitable incluso en el más tolerante de los ambientes, pero, en todo caso, eso sería otra película. Una al estilo de la mencionada Boys Don’t Cry, tal vez. Tomboy por su parte está mucho más cerca en espíritu a XXY de Lucía Puenzo, a su sencillez formal y, sobre todo, a esa dualidad niño/adulto a la hora de enfocar tan peliagudas problemáticas.

Mención aparte merecen todos los chavales a los que Céline da la alternativa actoral, muy especialmente Zoé Héran, capaz de tenernos ‘engañados’ durante los primeros diez minutos, interiorizando –no sabemos hasta qué punto, pero desde luego con absoluta credibilidad- un papel para el que los pequeños matices, las miradas, los gestos, son fundamentales. Y con apenas 11 años. Échenle ustedes un galgo a la joven Héran, porque dará que hablar en el futuro si es que convierte en profesión su talento innato para la interpretación. Es pura naturalidad. Otro triunfo, en cualquier caso, que colocar en el haber de Céline Sciamma, cuya pericia para sacarle todo el jugo a esas historias mínimas que siempre esperan a la vuelta de cada esquina también ha de depararnos grandes momentos en los años venideros.

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