Maternity-BluesHay que aplaudir la valentía de Fabrizio Cattani al apostar por una película y una historia que muy poca gente querrá ver (más bien diremos ‘sufrir’). El ciudadano medio no está por la labor de enfrentarse a tabúes sociales o antropológicos, y esta Maternity Blues nos pone cara a cara con ese tipo de sucesos ante los que giramos la mirada o torcemos el gesto cuando los noticieros se hacen eco de ellos: madres que en un momento de enajenación deciden acabar con la vida de sus propios hijos. Sí, así de crudo, así de terrible.

Cattani no entra tanto a valorar (o a analizar) los motivos de semejantes insultos a la naturaleza como a preguntarse qué es de esas mujeres cuando la tormenta mediática que provocan pasa y son apartadas del mundo -en el caso que nos ocupa, son enviadas a un psiquiátrico penitenciario-. Como es de presumir, en Maternity Blues sólo hay dolor y desgarro y, en última instancia, la mirada perdida de quien se sabe fuera incluso de su propia vida.

Por momentos, sin embargo, la dureza de lo mostrado y la forma en que Cattani lo muestra, sin paliativo alguno, desborda lo soportable y hace tambalear el que se supone objetivo real de semejante via crucis emocional: invitar al personal a empatizar con los rincones más oscuros del alma humana, hablar de redención, de culpa. Ya se sabe, el exceso de celo a menudo es tan dañino como su carencia, y el realizador italiano golpea demasiado duro, casi al límite del puro morbo, en su afán por no vender milongas ni cuentos de hadas. Pero poco más se le puede reprochar al dramón de Cattani y, por el contrario, nunca podríamos elogiar lo suficiente el trabajo de su elenco femenino, con la bellísima y soberbia Andrea Osvárt a la cabeza, encarando papeles capaces de minar hasta la misma salud. Ellas son las responsables de convertir en humano lo que nadie querría admitir como tal.

Tómenlo o déjenlo. Eso sí, pueden ustedes ahorrarse las palomitas. No van a querer probar bocado en unas cuantas horas.

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