Infancia-ClandestinaArgentina, 1979. Malos tiempos y mal lugar para la lírica, y mucho peores para hacer la revolución desde dentro de las fauces del lobo. Pero a esos heroicos quehaceres se entregan los padres del crío protagonista de Infancia clandestina mientras él trata de seguir adelante con su vida de pre-adolescente. Con su primer amor, sus compinches del colegio, sus peleas… y, sí, con la plena consciencia de que algo peligroso se mueve alrededor de su familia.

La dictadura militar argentina es al cine porteño lo que la Guerra Civil al de la piel de toro. Fuente inagotable de historias, todas parecidas pero todas distintas, a las que realizadores de todas las generaciones vuelven la vista reiteradamente para no olvidar. ¿Les parecen aburridas o molestas tantas alusiones cinematográficas a hechos acaecidos hace 30, 40, 50 años? Prueben a olvidarlos y quizá así podamos revivirlos en primera persona. Será mucho más ‘entretenido’.

Benjamín Ávila se asoma al horror de la caza de brujas desde la inocencia; enlaza los habituales episodios de represión social con el despertar a la vida adulta, quizá algo prematuro, del personaje que encarna Teo Gutiérrez. Desde su prisma, desde sus arrebatos de ternura y romanticismo, podría pensarse que el conflicto se suaviza  -al fin y al cabo Ávila obvia torturas, amenazas y demás lugares comunes del fascismo-, sin embargo el mensaje final es tremendamente devastador: el mancillamiento de una infancia que termina de golpe, el nacimiento de un trauma, de una vida abocada a la ira y el dolor. Eso el director bonaerense lo captura con maestría. Su  Juan podría ser pariente lejano del  Edmund de Alemania, Año Cero; niños por fuera, expertos sufridores piel adentro.

Ahora a por el siguiente testimonio.

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