Cartel SILENCIO 30x21.inddMientras tipos como Baran bo Odar hagan su trabajo con la solvencia que él demuestra en esta Silencio de hielo nos debería importar muy poco si la cada vez más decadente y ombliguista industria de Hollywood vuela por los aires o se extingue lentamente. Odar le da al buen cine-adicto las dosis necesarias de lo que tan a menudo se va a buscar a las salas de cine: construye un sólido thriller que atrapa hasta su último fotograma, perfila personajes creíbles, les da psicología y conflicto, y nunca cae en la trampa de los maniqueísmos.

Dos crímenes, dos asesinatos de chicas adolescentes separados por un lapso de 20 años, y mucha tela que cortar. Desde el punto de vista meramente dramático Odar tensiona el ambiente y nos sirve el sufrimiento de unos y otros; de las familias y los policías, pero también la del sospechoso y esa culpa que arrastra cual insoportable losa. La empatía hacia todos ellos es eje de Silencio de hielo, y a su alrededor teje una incontestable trama policíaca  Pero sin dobles fondos ni trucos de tahúr. Si Hitchcock nos mostró a su Norman Bates a las primeras de cambio, el director suizo entiende asimismo que en las mejores novelas de misterio no interesa tanto saber que fue el mayordomo quien sirvió cianuro on the rocks como desenmarañar el ovillo de los cómo y los porqués. Por eso la mirada del asesino es lo primero y lo último que veremos –la mirada de Ulrich Thomsen, el rey escandinavo del ceño fruncido-. En medio, una apasionante caza al hombre, una suerte de intriga humanista en la que todos pierden de una u otra forma.

Afortunadamente el cine de la vieja Europa no siempre es el hermano pequeño y sin techo del americano. En Silencio de hielo nadie se va a las Bahamas con la rubia después de llenar de plomo la cabeza de un reo al que ni siquiera leyeron sus derechos. Señor Bo Odar, ojalá nunca se deje usted corromper por un puñado de dólares.

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