Como-los-demásHace quince o veinte años el argumento de “Como los demás” habría resultado a buen seguro peliagudo, e incluso podría haber tenido cierto componente agitador de conciencias, de denuncia social. Hoy en día, sin embargo, lo de este gay entrado en la cuarentena que decide convertirse en padre adoptivo suena a oportunismo barato, mucho más teniendo en cuenta lo endeble que resulta casi todo en el desarrollo de la cinta de Vincent Garenq (su primer largometraje, aunque es un tipo curtido en televisión y alrededores). Retrata unos personajes, homosexuales que parecen salidos de un anuncio de Emidio Tucci, burgueses y sibaritas, que son puro cliché; compone una relación absurda entre el protagonista y una madre de alquiler, y remata el conjunto con una narración que avanza a hachazo limpio, prueba evidente de que Garenq tal vez tuviera una cierta idea de qué tipo de historia quería contar y hacia dónde llevarla, no tanto cómo hilvanarla con sutileza y con una mínima tensión dramática. Ni siquiera queda claro si lo que el realizador francés pretendía era marcarse un “Tres solteros y un biberón” para mayores de 18 años o un producto realmente serio donde se lidie con cuestiones como el amor paternal por encima de tendencias sexuales o el difícil trago de prestar tu vientre para engendrar el hijo de otro. Nada de eso se trata en profundidad aquí y, para más inri, tampoco es gran cosa la bis cómica que Garenq imprime.

De “Como los demás” sólo queda para el recuerdo una estupenda (como siempre) Pilar López de Ayala buscándose la vida en el idioma gabacho. Pero con eso, con la infalibilidad de la madrileña y su talento, ya contábamos; no es una medalla que Vincent Garenq y su bluf para gays amantes de los panfletos de tendencias puedan colgarse. Fichar a una número uno no tiene mérito. Rodearla de un buen equipo y que fluya el jogo bonito, eso es harina de un costal que Garenq no ha sabido abrir.

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