Air-Doll¿Cómo hacer girar una historia en torno a una muñeca hinchable, con el componente inevitable de sordidez apegado a dichos artefactos, y entregar una cinta que es purta poesía? Hirokazu Koreeda tiene la receta. Una de esas ‘real dolls’ japonesas cobra vida –y corazón- ante nuestros ojos y sirve al director de“Nadie Sabe” para componer una obra exquisita en lo formal –en lo visual y lo sonoro, con un score tan minimalista como evocador- que se presta a múltiples lecturas, siendo la necesidad de amor, de calor humano, la más evidente.

Con su Nozomi (Doona Bae), su muñeca, despertando al mundo, Koreeda empieza por mostrar una criatura virgen en todos los sentidos, emocional, sentimental e intelectualmente tratando de comprender la sociedad moderna. Nozomi descubre lo bello que hay dentro y fuera de sí misma, pero igualmente se enfrenta a una época en que las gentes no se miran a los ojos –no hablemos ya de tocarse-. Su primera lección mundana: la soledad. Soledad que a través del personaje del ‘dueño’ de Nozomi, también se nos transmite, aunque desde un punto de vista patético y nada romántico. Ese camarero que disfruta cada noche conversando y yaciendo con su partenaire sordomuda e inerte ha recorrido, en cierto modo, el camino que Nozomi aún tiene por delante y, visto lo visto, ha escogido la senda de la misantropía. No quiere contacto con otras personas y, desde luego, no se tomará nada bien que su amante de goma adquiera conciencia y alma. Y es ese deseo de despersonalización del objeto de placer lo que conduce a otra de las metáforas que pueden caber en “Air Doll”: los clientes de las prostitutas no quieren saber que se acuestan con alguien que siente y padece, sólo necesitan a alguien, como Nozomi, sumisa, complaciente, cuya única razón de existir es procurar goce sexual y algo de compañía.

Queda pues patente la riqueza argumental de “Air Doll”, algo inherente a toda la filmografía del más sensible y filosófico de los directores japoneses contemporáneos. Sin embargo la mayor fuente de encantamiento de su última película empieza y termina en la persona de Doona Bae, una superdotada a la hora de “transmitir”. Bae se arroga la difícil tarea de, aun comportándose –moviéndose, mirando- con la parsimonia de un androide, resultar el ser más cercano de todo su entorno y, por supuesto, el más frágil. Su conmovedora composición y la riqueza creativa de Koreeda obran el milagro: a pesar de la naturaleza de látex de la protagonista, es más humana que los humanos. Tal vez porque ella conserva lo que los demás parecen haber perdido del todo: la capacidad infinita de asombro ante lo que la rodea, sea grande o pequeño, barato o valioso.

Koreeda demuestra una vez más que no importa si retrata a niños abandonados, samuráis cobardes, empleados de funeraria o masturbadores a tamaño real que respiran y sufren. Él sabría encontrar lirismo y hermosas reflexiones incluso debajo de la más vulgar de las piedras.

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