Todos-están-bienSi Jack Nicholson se tiraba a hacer millas con su roulotte XXL en “About Schmidt”, si Bill Murray salía a la búsqueda de sus ex merced a las “Flores Rotas” de Jarmusch, ahora le toca a Robert De Niro arrogarse el papel de jubilado viajero en esta “Todos están bien”, que narra el periplo de un hombre de punta a punta de los Estados Unidos para visitar a sus hijos, quienes, por lo que parece, o andan demasiado ocupados para dejarse caer por el hogar parental o, sencillamente, tienen muy poco que decirle a este Frank Goode que encarna Bobby.

“Todos están bien” propone una reflexión sobre el desapego intrínseco a la sociedad americana y la ‘descentralización’ habitual en sus familias: los polluelos presionados por la mentalidad de “has de ser el mejor” vuelan del nido pronto, como flechas, hacia sus vidas de triunfadores –o para ocultar sus fracasos- y el pasado, padres incluidos, queda relegado a los álbumes de fotos. Kirk Jones busca emocionar y lo consigue mostrando la obsesión de ese pater familias por unir unos lazos prácticamente pulverizados por la distancia y los sobreentendidos. Hace un excelente retrato de la falta de comunicación casi paroxística entre padre e hijos: él ya no sabe cómo hablarles y ellos, antes que reconfortados o jubilosos por su visita, se muestran incómodos, mucho más que ante un extraño porque, al fin y al cabo, con los extraños no hay que fingir afecto.

Pero no es el viaje de marras lo único que “Todos están bien” tiene en común con “About Schmidt” y “Flores Rotas”. De la cinta de Jarmusch calca la estética minimalista y una cinematografía impoluta, quizá deliberadamente fría, porque frías son las relaciones aquí fotografiadas. Con las aventuras de Schmidt comparte el ritmo acompasado y la contemplación, ventanilla mediante –de tren o autobús-, de imponentes paisajes de la infinita llanura americana. Por supuesto las tres se benefician del trabajo de sus actores principales, con el añadido, para “Todos están bien”, de ser la primera vez que De Niro logra conmovernos en mucho, mucho tiempo. Las tres, también, hacen honor a una máxima muy hollywoodiense: las historias pueden terminar bien aunque acaben mal. Jones despacha hasta tres amagos de epílogo, como si hubiera imaginado tres finales posibles e, indeciso, se hubiera decidido por ‘colocarlos’ todos: el deprimente –aunque realista-, el mitad y mitad, y el de “hay esperanza y buenos sentimientos a pesar de los pesares”. Aun así, el tono agridulce, el que su cinta desprende en casi todo momento, es el que se impone más allá de los títulos de crédito. Ni una aparición estelar de Julie Andrews, paraguas volador en ristre, habría podido estropear este honesto y cuidadísimo vademécum del distanciamiento. Aunque uno no puede por más que preguntarse por qué les cuesta tanto, en el país del 11S y JFK, resignarse a que, a menudo, las cosas terminan con un fundido a negro y no con estampas navideñas y cánticos alrededor de un pavo de cuerpo presente. ¡Qué mal les acostumbraste, querido Capra que estás en los cielos!

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