The-BoxRichard Kelly imparte en “The Box”, y muy a su pesar, un par de lecciones maestras para futuros realizadores y guionistas. A saber… Uno: que con un punto de partida prometedor, sobresaliente incluso, puede uno acabar igualmente rozando el esperpento a poco que se descuide. Y dos: no importa lo breve del relato a adaptar, porque toda historia es susceptible de derivar en un galimatías infumable que ni en dos horas –el metraje de “The Box”- ni en cuatro, ni en diez, pueda dársele una explicación coherente, meridiana, en el sentido más hitchcockiano de esos términos. Ya lo saben los “genios” por venir: tan perniciosa es la falta de ideas como una avalancha descontrolada de éstas.

Kelly tenía entre manos la novelita “Button, Button”, de Richard Matheson, una pieza de ciencia ficción con tintes morales. A Norma (Cameron Diaz) y Arthur (James Marsden), un joven matrimonio, les es entregada una caja que contiene un pequeño botón rojo. Si pulsan ese botón, les dicen, un desconocido morirá en alguna parte del mundo y ellos recibirán un millón de dólares. De no hacerlo, la misma oferta le será hecha a otros.

Aun con una presentación algo endeble de los personajes, sobreponiéndose incluso a la elección deCameron Díaz para interpretar un papel muy alejado de sus registros óptimos –la comedia, básicamente-, esa premisa le da a Kelly para entregar cuarenta minutos aceptables, con atractivas incógnitas flotando en el aire. Sin embargo, antes que proceder a despejar esos interrogantes, el director que hace unos años nos sorprendió con la inclasificable “Donnie Darko” se empeña aquí en continuar hinchando el globo de los misterios al tiempo que “The Box” adquiere un tono exageradamente enigmático, casi al borde de la parodia. Y así llega Kelly a un desenlace que ni siquiera merece tal denominación; habiendo dilapidado no sólo el crédito del inicio de la película sino toda la fracción sci-fi de “Button, Button”, de la que apenas si da unas pocas pinceladas –brochazos, más bien- aquí y allá.

Es posible que los productores hayan forzado a Richard Kelly a meter la tijera más de la cuenta, y de ahí la impresión de inconexión que se apodera de la pantalla a partir de cierto punto; pero no es menos cierto que nada de lo que se muestra en el desarrollo de su subyugante punto de partida indica que el director tuviera una noción clara de cómo llevar la película a buen puerto, aunque hubiera necesitado el triple de metraje.

Alguien debería recomendarle a Kelly una revisión de los viejos episodios de “The Twlight Zone”, cuando aRod Serling le bastaban 20 minutos para entregar una historia de calidad cada semana. Con lo que ha costado“The box” él habría facturado una temporada completa de 25 o 30 pequeñas obras maestras del misterio y lo paranormal. Y es que tipos como SerlingHitchcock o, por qué no, nuestro Chicho Ibáñez y sus “Historias para no dormir”, sabían bien que uno nuca debe meterse en charcos de los que no sabe de antemano cómo salir. Kelly no lo tiene tan claro.

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