Tres-días-con-la-familiaEl debut en el largometraje de la catalana Mar Coll posee, por encima de otras consideraciones, el valor de lo veraz, de quien no sólo insufla vida a unos personajes que, por cuestiones autobiográficas, puedan serle más o menos cercanos, sino que además lo hace con precisión de cirujano. Coll dispone el reencuentro de cuatro hermanos para el funeral de su padre, hermanos estos mal avenidos, distanciados, y cataliza sus diferentes personalidades a través de la figura de la hija de uno de ellos, invitada de piedra a ese funeral, lo suficientemente despegada del difunto como para centrar su atención en esa familia tan aparente, pero tan minada, y en sus propios dramas personales –los de cualquier post adolescente-. La cámara silenciosa, casi ausente, de Coll recoge con brillantez esos ritos funerarios modernos, meros trámites protocolarios que son cualquier cosa menos tributos al occiso y que fácilmente acaban en jaranas tabernarias u opulentos banquetes de cortesía donde familiares que no se conocen juegan al juego de los afectos fingidos.

Es “Tres días con la familia” fotografía  certera de situaciones muy concretas; situaciones tan universales, tan cercanas y comunes a cualquier espectador que no hacen sino otorgar más mérito al trabajo de Mar: cuando filmas lo que hasta el vecino de enfrente, lo que todos han vivido, es necesario hilar muy fino para que no surjan imposturas ni artificios. Así lo ha hecho esta veinteañera, y nadie puede negar que ha salido triunfante de su envite.

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