El-ErizoEn el cine como en la literatura –acaso no sea el uno más que el hijo pequeño y perezoso de la otra- grandes personajes pueden darle empaque a pequeñas historias, o al contrario, personajes nada prometedores tal vez alcancen relevancia gracias a historias extraordinarias. La perfección o, sin caer en términos tan absolutos, lo idóneo debiera ser el punto medio, cuando personajes e historia equilibran fuerzas. Y ese es el caso de “El erizo”, que conecta a dos personajes fascinantes, una niña rica de prodigiosa inteligencia, con dudas existenciales y un vastísimo imaginario interior, y la portera de su edificio, que oculta tras un rictus malencarado y una actitud del todo asocial una ávida lectora infinitamente más cultivada, más sabia, que todos esos millonarios cuya basura se encarga de tirar. Es una de esas extrañas confluencias cósmicas la que le sirve a Mona Achache, apoyándose en la novela“La elegancia del erizo” de Muriel Barbery, para filosofar sobre la vida y la muerte, sobre las máscaras y las apariencias y, sobre todo, para ponernos delante a esa genio llamada Garance Le Guillermic, actriz nata, que en el minuto uno de la proyección anuncia su inminente suicidio porque, sencillamente, no le ve sentido a la vida que, como hija de burgueses, se supone –otros suponen- que debe llevar. Una premisa demoledora que, sin embargo, da pie a una cinta llena de humor –un humor que nace del sarcasmo y la ironía, pero humor al fin y al cabo- narrada en un tono amable, el de esa renacuaja superdotada, pero en absoluto ingenuo o simplón. Las conclusiones metafísicas de Paloma, el personaje de Le Guillermic, pueden ser a veces erróneas por una mera cuestión de escaso bagaje vital, sin embargo su manera de analizar la realidad que la rodea está mucho más cargada de lógica que la de los mayores. Achache se cuida muy mucho de no hacer de esta Paloma Josse un adulto de metro veinte, un monstruito resabiado como esos que suelen encarnar las Dakota Fanning de turno. Su cría discurre como el más taimado de los cerebros, sí, pero vive envuelta en una fantasía donde se mezclan dibujos, troquelados, películas y mil elementos más con los que llenar los huecos, el vacío que provoca en ella lo único de lo que carece: experiencia. Es especialmente emocionante asistir a las revelaciones de Paloma, que, por ejemplo, habla de morir sin tener demasiado claro qué es eso exactamente, apoyada quizá en la idea romántica de la muerte cazada en algún poema leído a escondidas.

El debut de Mona Achache resulta tan absorbente, tan expresivo, que nos deja llenos de expectación, ansiosos por saber qué será de esa niña cuando crezca; si sabrá manejar su formidable raciocinio para seguir adelante y alcanzar un grado de felicidad razonable o si sucumbirá bajo el peso de todo lo que sabe y que los demás ignoran –o fingen ignorar-. ¡Necesitamos saber qué le depara el futuro a Paloma! Aunque deberemos conformarnos con ver crecer a Garance Le Guillermic. Menudo futuro el suyo y menudo futuro el de su valedora si continúa en esta línea, sumergiéndonos en las profundidades del existir sin que se note demasiado, dando lecciones sin que nos aturda la sensación de estar ante el enésimo iluminado con piel de director de cine. Haciendo de la sencillez y la sutileza un arte.

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