Un-buen-hombreA la película de Juan Martínez Moreno le pesa un mal nada ajeno a este cine, el español, poco curtido en el ‘género’, por unos u otros motivos que no es oportuno analizar ahora. La historia de “Un buen hombre”, mitad drama de un tipo que, por amistad, encubre un asesinato, mitad thriller en el que se deshojan los detalles de dicho crimen con no pocas peripecias del destino –muy a lo Hitchcock-, es irreprochable a la hora de desarrollar el viacrucis interior de sus personajes, de darles cuerpo y alma, pero se muestra poco sutil y hasta predecible en lo tocante a la trama intrigante-policíaca. Pequeños detalles, pequeños trucos que cualquier director más o menos ducho en estas lides sabría cómo introducir sin que la pata del conejo asome de manera descarada por debajo del sombrero, el realizador madrileño los telegrafía como los prestidigitadores novatos, lo que irremediablemente acaba pasando factura a su película. No obstante, eso no significa que sus aciertos, su retrato de la culpa o el “te podría pasar a ti” caigan en saco roto. En absoluto. Ahí queda todo lo positivo que “Un buen hombre” trae consigo, el meritorio ten con ten de Tristán Ulloa y el sensacional Emilio Gutiérrez Caba, por ejemplo, pero no se pueden obviar sus flaquezas. Esas flaquezas que, en comparación, acaban por hacer grandes a los Amenábar, Fresnadillo, Bayona y compañía, cuya autenticidad está y estará siempre bajo sospecha, pero que desde luego han asimilado el abecé de los buenos magos –tramposos o no-. Porque la trampa, a veces, también es un arte, y Martínez Moreno necesita perfeccionarlo a marchas forzadas si es que quiere asentarse en ciertos terrenos cinematográficos.

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