ThirstHay algo de lo que hasta ahora nadie podía acusar al cine de Chan Wook Park: nadie podría decir que cintas como “Sympathy for Lady Vengeance” u “OldBoy”entran dentro de lo ordinario, lo común, tanto desde un punto de vista argumental como desde un prisma narrativo. Es por ello, por las expectativas que genera un cineasta siempre dispuesto al shock, que “Thirst”, en ese sentido, sorprende y decepciona.

Wook Park se interna en el género vampírico y no para llevarlo hacia ese terreno suyo en que lo grotesco y el masoquismo son moneda de cambio habitual –apenas hay algunas pinceladas marca de la casa- sino para ser él quien se amolde a los cánones de ese tipo de historias. Su vampiro es sacerdote, lo que viene a enfatizar la lucha interna del chupasangre contra sus propios instintos carnales y homicidas, pero nada más. Sólo faltan las ristras de ajos para completar el círculo de los lugares comunes: ahí está el romance vampiro/doncella, los vuelos nocturnos, la existencia furtiva… El chasco sobreviene a medida que avanzan las dos larguísimas horas de “Thirst” sin que apenas salgan a relucir las señas de identidad del director  coreano. Y es que incluso desde el más manido de los géneros aún se pueden contar cosas interesantes o que se lo pregunten si no a Tomas Anderson y su “Déjame Entrar”, pero para eso es necesaria la inspiración que le ha faltado a Park en esta, su obra más previsible y tediosa, donde ni siquiera hace brillar especialmente su destreza para el impacto visual que sí ponía en juego en la anterior “Soy un cyborg”, a pesar de no ser aquella una obra a la altura de sus primeros trabajos.

Parece la de Wook Park una estrella que se apaga tras haber brillado con inaudita intensidad durante un breve lapso de tiempo. Aunque ojalá servidor esté equivocado. La mente que trasladó a Dae-su Oh a la pantalla no puede haberse secado de repente.

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