Help-me-ErosKang-sheng Lee, actor taiwanés poco conocido a este extremo del orbe, mata su gusanillo creador con esta oda lisérgica al desencanto que es “Help me Eros”. Si Marco Ferreri en “La gran comilona” reunía a un grupo de hombres de bien dispuestos a suicidarse –sin motivo aparente- comiendo hasta reventar, el personaje que pone en liza Lee, interpretado por él mismo, decide hacer lo propio a base de marihuana, con la ayuda y el amor prestado de una prostituta. Aunque él sí que tiene motivos para quitarse de en medio: es un viejo broker caído en desgracia.

Todos los porros, el sexo y las constantes referencias fálicas –Freud tendría aquí trabajo para rato- , esa espiral viciada en la que el álter ego de Lee inmersiona, choca frontalmente con el colorido fluorescente de las calles de Taiwan y el look aséptico, muy de diseño, que rodea al protagonista. Es el de este Ah Jie un infierno donde no reina la corrupción sino la apatía, un descenso  al abismo en el que quema los últimos y lujosos cartuchos de su antigua vida burguesa. La película, inevitablemente, cae también en esa espiral de desidia donde los momentos destacables tienen más de visual que de reflexivo. Lee sabe bien qué tipo de imágenes desea regalar al espectador; no tanto cómo encadenar esas imágenes, esas secuencias, para construir un relato efectivo o revelador. “Help me eros” posee cierto poder mesmérico y hace gala de un erotismo atractivo y sugerente, pero fracasa a la hora de transmitir unos mínimos emocionales, algo difícil de obviar si lo que se pretendía, en el fondo, era retratar a un hombre cualquiera entonando su particular “adiós a la vida”.

En el cajón de los incunables y las excentricidades tal vez Kang-Sheng y “Help me Eros”  tengan un pequeño hueco. En el de las buenas películas, definitivamente, no hay espacio para un producto  tan inconsistente en su balance final. Aún ha de aprender una o dos cosas Lee de verdaderos maestros iconoclastas del cine oriental, Wook Park, Ki-Duk o incluso el ultimísimo Kitano, bastantes más certeros –casi siempre- en su extravagancia que el realizador taiwanés.

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