La-bella-personaDespués de ver la última película de Christophe Honoré uno alberga serias dudas sobre si esos adolescentes que él retrata, lúcidos y maduros, leídos e independientes, que se toman la vida –y el amor como parte de ella- con perspectiva de adultos, son del mismo planeta que los imberbes tediosos y primitivos que nos ponen delante las teleseries o el grueso de las producciones “para jóvenes”. Y la respuesta es que sí, que son del mismo planeta, porque, aunque suene a tópico, de todo hay en la viña del Señor. Eso sí, en algunos rincones de esa viña hay más zopencos que en otros.

“La bella persona” habla, pues, de amor entre dieciochoañeros, de amores imposibles que acaban matando. No esconde Honoré –no puede- ese sentido trágico del querer tan presente en la literatura francesa clásica –su cinta es una adaptación de Madame de La Fayette– y paga debido tributo a las enseñanzas de Godard. Sus muchachos viven el romance, aparentemente trivial y pasajero, como si no tuvieran toda la vida por delante. Y no sólo sus muchachos, porque la historia cede buena parte del protagonismo a un profesor rompecorazones que prueba un poco de su propia medicina: cae rendido a los pies de una de sus alumnas, encarnada por la fascinante Léa Seydoux –algo nada inusual, por otro lado-.

Así, con las formas austeras, casi descuidadas, de quien ha mamado toneladas de nouvelle vague, en un ambiente de elite cultural donde los diálogos lo son todo, avanza “La bella persona”, sin grandes revelaciones, siguiendo un guión lógico al servicio de la idea general: el amor, ante todo, duele. Después, uno sale a la calle y se topa con cualquier amante del tunning y los politonos de dudoso gusto alardeando de montura ante la inopiada de escasos ropajes de turno. Así es la vida. Lo que no quita para que, durante 90 minutos y gracias a Christophe Honoré, nos hayamos convencido de que aún quedan ahí fuera pre-adultos de profundas cavilaciones y coeficientes intelecutales muy por encima del mono.

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