Un-novio-para-mi-mujerCuando alguien dedica tres películas (sus tres primeras películas) a un mismo tema, no es descabellado comenzar a hablar de fijación. Es lo que parece sentir Taratuto por el insondable mundo de la relación de pareja, y más en concreto por esas parejas en las que él es un consumado calzonazos y ella una mujer de carácter indomable. El asunto le ha dado para un debut lleno de chispa (“No sos vos, soy yo”), un segundo largo ciertamente decepcionante (“¿Quien dijo que es fácil?”) y para esta “Un novio para mi mujer” que, aún navegando en una continua irregularidad, supone una considerable recuperación de Taratuto, especialmente cuando toca hacer reír.

Sin duda el gran problema del director argentino sea el enfoque que insiste en darle a sus películas, donde una y otra vez el personaje masculino, siempre el protagonista, de tan inepto, de tan peripatético, acaba por caer gordo. Eso arruinó “¿Quién dijo que es fácil?”, y ha estado a punto de hacer lo propio con su último trabajo, si no fuera porque la fabulosa Valeria Bertuccelli(fabulosa en el sentido más amplio de la palabra) acude al rescate. Su personaje en “Un novio para mi mujer”, una escéptica patológica, una terrorista de las convenciones sociales, sostiene un guión que avanza a fogonazos; los fogonazos que produce Valeria mientras está en pantalla. Cuando desaparece de escena se la echa de menos, y mucho. Se crea incluso un conflicto con el leit motiv de la cinta: su pareja está harto de ella y quiere dejarla, cuando lo que queda claro, casi desde el primer momento, es que ella es mucho más de lo que el merluzo interpretado por Adrián Suar se merece.

No es la primera vez que un personaje, un actor o una actriz, hacen buena toda una película, pero Taratuto debería empezar a replantearse el rumbo de sus películas, y que sean ellas las verdaderas reinas, no sólo de manera implícita como hasta ahora. Por lo demás, la buena mano para el humo sardónico ya la tiene y sabe adaptar con tino los tics de la comedia conyugal americana (con Woody Allen siempre en el retrovisor) a la idiosincrasia porteña. Con eso y un talento como el de Bertuccelli, todo parece más fácil.

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