Cuestión-de-honorLas malas noticias que acompañan a esta cinta cuyo título evoca los rincones más oscuros de los antiguos vídeoclubs de barrio son que, pese a su reparto estelar, pese a sus aires de gran producción, pese a contar con uno (otro) de esos nuevos directores, se trata del mismo tipo de thriller detectivesco, violento y malhablado, testosterónico y urbano, que escupe la cartelera con periodicidad suiza. Paradójicamente, las buenas noticias pueden ser también esas mismas: Gavin O’Connor ha facturado un policíaco al uso cuya trama de corruptelas y narcotráfico, heredera directa de “Colours”“Training Day” y similares, funciona y se desarrolla de manera correcta. Tener entre manos una historia tópica hasta la médula y más bien simplona cuyos personajes, principales o secundarios, están todos trazados a brochazo limpio, facilita el trabajo del realizador: como todo director de género que se precie, le basta con no confundir demasiado a la bancada con giros imposibles o inverosimilitudes varias e imprimir el ritmo adecuado. Sólo pierde de vista ese cometido O’Connor al dotar a su cinta de un metraje excesivo (dos horas y diez minutos) y firmando cierta secuencia hacia el final de su película en la que los protagonistas emprenden una tangana a mamporro limpio que se antoja totalmente fuera de lugar. Por lo demás, si algo deja“Cuestión de honor” para el recuerdo son los dos o tres tour de force que mantienen Edward Norton y Jon Voight en pantalla, que definitivamente marcan la diferencia con respecto a los minutos que capitaliza el otro “nombre” en liza: Colin Farrell. Nadie le niega a Colin sus aptitudes a la hora de encarnar personajes chulescos y deslenguados, pero tampoco puede pasarse por alto que resulta del todo insoportable cuando se empeña en mostrarse como la versión irlandesa del Pacino más pasado de vueltas. Sencillamente, ese traje le viene muy grande al díscolo Farrell, aunque, como ocurre con el resto de elementos defectuosos o poco trabajados de la presente, dé el pego por momentos.

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