Bienvenidos-al-norteLo que Dany Boon ha logrado con “Bienvenidos al Norte” sería comparable a contar una historia de leperos y sobre leperos a unos escandinavos y que, aún así, pese a los localismos y los giros lingüísticos de imposible adaptación, todos entiendan todo, o que, al menos, intuyan lo suficiente como para que anide en ellos la carcajada. Y es que este Philippe Abrams (Kad Merad), personaje protagonista de la historia, es un humilde funcionario de Correos a quien sus superiores castigan, o degradan, destinándole a cierto pueblo perdido en el norte del país galo para dirigir la sucursal de marras. Nada de particular, si no fuese porque, a tenor de lo queBoon da a entender, esa región de Francia es tenida por los propios franceses por ruda, por paleta y por hacer gala de un acento que ríanse ustedes del cabestro más iletrado de la piel de toro.

Por supuesto, Boon, antes que tirarse a por los clichés baratos para endilgarnos cuatro chistes de catetos, aprovecha esos mismos clichés para desmitificarlos, para sugerir que, en realidad, el verdadero paleto y pobre hombre es el forastero. Todo lo saca adelante Boon en una atmósfera de comedia cuasi gamberra, absolutamente desenfadada, al servicio de la tremenda bis cómica de Merad y la suya propia, ya que se reserva para sí mismo uno de los papeles estelares, compartiendo ambos toda suerte de situaciones hilarantes, trompazos, y sí, también algo de ternura.“Bienvenidos al Norte” es pura simpatía. Divertida, sin ser obvia; entrañable, sin ser ñoña.

Retomando lo dicho en el primer párrafo, es evidente que la cinta está pensada, ante todo, para ser disfrutada y comprendida por una audiencia francófona o francesa. Sin embargo, Boon ha construido sus diálogos con inteligencia, remarcando esos atentados al lenguaje que le son anómalos al protagonista y que, por ende, han de serlo igualmente para la bancada. Incluso introduce secuencias meramente explicativas de esas variaciones fonéticas a a todas luces ideadas para no dar de lado al público no nacido allende los Pirineos. Eso, en lo tocante a los parlamentos. El resto es humor universal puro y duro; exagerado y sardónico. Cargado de la mala baba francesa, pero diáfano al fin y al cabo.

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