perros-de-pajaEl forajido Peckinpah le entonaba su particular “hasta luego, cocodrilo” al Verano del Amor y al flower power con uno de los finales más salvajes de la historia del cine. Sirviéndose de una novela de Gordon Williams, colocó a un americanito sabelotodo y algo pedante con rubísima mujercita del brazo –Susan George, cosa seria- en una casa de campo perdida en algún lugar de Inglaterra y los rodeó de algunos de los descendientes más primitivos de la Gran Bretaña. Ni los títulos de Harvard ni la dialéctica entrenada en clubs de debate podrán gran cosa contra una jauría de machos en permanente celo.

Sam Peckinpah se entrega en “Perros de paja” a uno de sus pasatiempos favoritos: disfrazarlo todo de una ilusoria tranquilidad, casi rozando el tedio, para ir elevando la temperatura ambiente, sin prisa pero sin pausa, hasta llegar a un punto de no retorno en el que el lado oscuro, el animal de presa que llevamos dentro todos los simios, sale a la superficie. Siempre es la de Peckinpah una violencia instintiva e irracional, excesiva y horripilante para muchos, pero real al fin y al cabo -basta con abrir al cualquier periódico por una página al azar-.

Para llevar a cabo sus planes, el comandante del “Grupo Salvaje” le regaló el papel principal a un Dustin Hoffman estratosférico. Su personaje es un Dr. Jekyll que no tiene más remedio que abrirle las puertas a Mr. Hyde por una cuestión de mera supervivencia. Hoffman somatiza cada cambio, cada peldaño en su escalera hacia la explosión emocional. De ciudadano modélico y dialogante a auténtico hombre de las cavernas. Con método o sin él, contagia primero su miedo y su impotencia y más tarde la exhalación liberadora cuando la adrenalina se dispara. El marathon man en todo su apabullante esplendor interpretativo.

Después de pasar dos horas en la granja del tío Sam, la vida campestre no parece tan saludable, ni las escapadas a la casa del pueblo volverán a ser lo mismo.