Somers-TownShane Meadows hace de la sencillez un arte en “Somers Town” para desgranar otra de sus historias de jóvenes británicos con fuerte carga social. No necesita más que sesenta minutos, una sobria fotografía en blanco y negro y las canciones Gavin Clark como lecho el relato del encuentro entre dos críos desarraigados, uno desarraigado de su familia, vagabundo en Londres, y otro desarraigado de su patria, hijo de inmigrante polaco.

Contempla la vida Meadows a través de los ojos de esos dos adolescentes, aunque dentro de su desencanto precoz, de los palos recibidos, reserva, como ya hiciera en “This is England”, un margen amplio para el optimismo. Si hay un amigo, si hay un amor, entonces no todo está perdido. Ése es el lema del director y sus dos protagonistas, y hace bien Meadows en no confundir realismo con drama irreversible, porque ahí reside la valía de su cine, donde conviven, como en la vida misma, el llanto y la risa, las palizas y las borracheras catárticas, miseria y enamoramiento. Nunca llueve eternamente en esta “Somers Town”.

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