Miracle-at-St-AnnaDos de las constantes en el cine de Spike Lee, los metrajes imposibles y su eterno alegato en pro de la raza negra, se conjugan en “Miracle at St. Anna” para narrar una historia que arranca con un asesinato en la Nueva York de los años 80 y el hallazgo de cierta valiosísima pieza arqueológica, pero que se desarrolla, gigantesca elipsis mediante, en Italia, en los estertores de la II Guerra Mundial. Allí un pequeño comando americano constituido únicamente por soldados de color se ven sitiados en una remota aldea y entran en contacto con la parroquia local.

El gran handicap de “Miracle…” es su intento por abarcar demasiados flancos, demasiados incluso para una película de 160 minutos. Por supuesto, Lee deja buena constancia de las tropelías sufridas por los reclutas de su raza y, de hecho, durante buena parte de la cinta ése parece ser el verdadero leit motiv; pero sólo hasta que su batallón llega al pueblo de marras. Ahí su historia se topa con la de los partisanos que tratan de resistir el empuje nazi y lo que hasta el momento se perfilaba como un producto de evidentes tintes bélicos deriva hacia otras cuestiones: el drama de los perseguidos, las matanzas de los sicarios del Führer y el suceso que, a la postre, desembocará en el verdadero “milagro en Santa Ana”; eso que lo envolverá todo en un clima fabuloso con fuerte carga religiosa.

Muchos frentes, muchas vidas que se cruzan y, también, muchos altibajos en el ritmo que Lee imprime a su último trabajo, por otra parte filmado y montado con la solvencia que todos esperan del de Atlanta. Pese al espesor narrativo que domina los tramos centrales de la película, Spike se las arregla para alcanzar un buen clímax final y poner un broche bastante coherente a este cuento bélico-racial con connotaciones divinas, aunque ello no sea óbice para el hecho irrefutable de que a “Miracle at St. Anna” le sobra media hora larga.

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