Hace-mucho-que-te-quieroEl escritor Philippe Claudel debuta en la dirección con un relato de su autoría que gira en torno a una mujer (Kristin Scott Thomas), recién salida de prisión, que intenta recomponer los restos del naufragio junto a la familia de su hermana pequeña.

Claudel se muestra como un afilado cazador de personalidades, siempre al margen del cliché, pero, sobre todo, logra construir una cinta que engancha aun discurriendo por los terrenos del drama descarnado. Y lo hace el francés al desnudar su historia, de entrada, de referencias y explicaciones sobre su personaje principal para ir poco a poco colmando los interrogantes que a todos nos surgen. ¿Por qué esta Juliette Fontaine, antigua doctora, culta y educada, ha pasado 15 años a la sombra? ¿Qué horrendo crimen cometió y qué le llevó a cometerlo? Todas estas cuestiones del pasado se van desgranando al tiempo que esa mujer de mirada vacía, tan muerta por dentro como puede estarlo alguien que sigue respirando –muy a su pesar- sale adelante en un mundo que ya no reconoce como suyo.

Es brillante el trabajo de guión detrás de “Hace mucho que te quiero”, aunque quizá sea discutible su desenlace, cuando Claudel redime a su heroína despojando en cierto modo a la cinta de lo que parecía su leit motiv: es posible ejecutar los actos más terribles, cometer gravísimos errores, pagar por ello y recibir una segunda oportunidad. Obtener no sólo el perdón de los otros, sino el de uno mismo. Al final de la cinta de Claudel resultan ser otros demonios, sin embargolos que devoran al personaje de Scott Thomas; puede que igualmente dolorosos, pero más ‘convencionales’ de los que habíamos imaginado –al menos las mentes más abiertas y predispuestas al sinsentido humano-. En cualquier caso, con una u otra motivación, llegados a ese punto la empatía con Juliette es total, y mucha o toda la culpa de ello la tiene una Kristin Scott Thomas siempre dispuesta a dejarse la piel en ese tipo de los papeles en los que el desgarro emocional se vive no tanto en accesos de ira e histeria como en el sufrimiento ojos adentro. El primer plano de su rostro que abre la película ya nos cuenta casi todo de su infierno interior, mucho antes de que nadie pronuncie palabra alguna. Como bonus extra, la actriz inglesa se desenvuelve en el idioma de Balzac sin ningún esfuerzo. Menudo derroche el de la británica.

La ópera prima tardía de Claudel –va para la cincuentena- está al nivel de los trabajos más sólidos de sus compañeros generacionales. Él no parece, no obstante, haber necesitado mucho entrenamiento ni demasiado bagaje. Ha suplido cualquier carencia con cabeza, talento y, claro, con Kristin Scott Thomas.

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