Un-verano-en-la-ProvenzaSer predecible no tiene por qué representar siempre un defecto. A veces puede incluso resultar en una virtud si es que el objeto de la presunción es contar historias agradables, agradablemente predecibles. Es el caso de Eric Guirado y su “Un verano en la Provenza”. El director francés apela a una serie de lugares comunes en sus personajes (hijo rebelde, padre autoritario, madre entre dos aguas), sus situaciones (el padre-ogro enferma y el hijo pródigo ha de hacerse cargo del negocio familiar, lo que detesta), su carga de bonhomía (toda una comunidad de abuelos de pueblo a los que ayudar) y, lo más importante para ese verlas venir: unas líneas maestras meridianamente trazadas para conducir la historia hacia los terrenos de la ternura y el final feliz. Por momentosGuirado incluso pisa el acelerador de la narración para obviar o pasar por encima de coyunturas que, en cualquier caso, han de darse, sí o sí, para que todo encaje en el gran puzzle cósmico de su cinta. Es lo que todos esperan. No se profundiza demasiado en casi nada porque casi nada importa, excepto que las cosas sigan su curso natural. Allí donde otros colegas y paisanos habrían introducido cuitas intelectuales o existenciales, Guirado opta por el tono amable a la americana. Pónganle el bucólico marco de fondo que es la Provenza francesa y la ecuación del drama romántico pero con fundamento (aunque amable, Eric sigue siendo gabacho) estará completa.

Guirado no le lloverán los premios a la originalidad, aunque tampoco nadie puede decir que haya firmado una mala película. Al fin y al cabo los tópicos se inventaron para ser explotados.

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