El-milagro-de-Henry-Poole¿Cuántas secuencias a cámara lenta puede despachar un director de cine en la incansable búsqueda de una mayor profundidad dramática? Mark Pellington tiene la respuesta: muchísimas. Este ex realizador de vídeos musicales es un vívido ejemplo de que la cabra siempre tira al monte y plaga “El milagro de Henry Poole” de esos momentos de recreo visual que cuando, como pasa aquí, llegan en tropel, cruzan con creces la línea que separa el adorno de lo pedante. Se empeña en firmar un plano para la historia en prácticamente cada secuencia y acaba resultando tan cargante y forzado como la historia que le ha entregado el guionista catalán Albert Torres. En ella, un tipo descreído, fugado de su propia vida por motivos que quedarán explicados en su momento (aunque se antojan predecibles), encuentra la fe en el vecindario que le vio crecer, rodeado de personas estupendas, y de Radha Mitchell que, convendremos, se basta por sí sola para ‘convertir’ a cualquiera que tenga ojos en la cara. Sea como sea, si “El milagro de Henry Poole” es un panfleto gnóstico o simplemente un canto al ‘aprovecha el presente’, es una cuestión que queda más que ahogada entre el amaneramiento formal de su director.

De las cuitas de este Henry Poole salen airosos Luke Wilson, absoluto protagonista y muy en su papel a pesar de afrontar un personaje que exuda tópicos por cada poro de su piel; la mencionada y siempre estupenda Mitchell, y una banda sonora de categoría que nos hace concluir que no todo lo que aprendió Pellington en el mundo del videoclip fue en balde. Eso sí, el pianito minimalista a lo “American Beauty” hace ya tiempo que huele a lugar común de lo más trillado, pero tal vez Mark no ha levantado ni un segundo la vista de su propio ombligo para percatarse de eso y de todo lo que hace flojear a su último trabajo para la pantalla grande.

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