El-día-despuésA pesar de ser concebida como producto televisivo, como telefilme, “El día después” llegó a los cines por su incuestionable calidad y por encarnar –cosa que sigue haciendo a día de hoy- el retrato más crudo, veraz e implacable de lo que podrían haber sido las consecuencias de una guerra nuclear. Eso que en estos albores del siglo XXI ya casi nos suena, quizás erróneamente, a locura transitoria de nuestros antepasados, en el año 83 era la espada de Damocles que se cernía sobre todo el mundo moderno, muy especialmente sobre las cabezas de soviéticos y americanos. Por ello el efecto que “El día después” tuvo sobre los espectadores fue demoledor y quién sabe si no colaboró a que los ‘líderes’ del mundo libre apartaran de una vez por todas la mirada del dichoso botón rojo.

Nicholas Meyer, escoltado por el guionista Edward Hume, desarrolló su versión del holocausto nuclear de la manera más inteligente, la que posibilitara que todos empatizaran ipso-facto con lo mostrado en pantalla. La cinta arranca siguiendo los plácidos pasos de unos cuantos ciudadanos de bien, norteamericanos en la cresta de la ola de la civilización occidental, mientras, paralelamente, llegan noticias de hostilidades entre las potencias comunistas y la OTAN en la vieja Europa. En un crescendo magistral, lo que en un principio es encajado como otro farol más en el fragor de la Guerra Fría acaba tornándose en pesadilla cuando unos y otros ven despegar de sus silos los mortíferos misiles. Ya no hay vuelta atrás. A partir de ese momento Meyer desgrana una fotografía brutal de la devastación: muerte, radioactividad, colapso de cualquier clase de tecnología… Ya lo dijo Einstein: “No sé cómo será la Tercera Guerra Mundial, pero sí cómo será la Cuarta: con piedras y palos”. “El día después” justifica su presupuesto en ese tramo final de la historia, donde miles de extras transformados en almas en pena, carcomidas por los tumores y más allá de la inanición, vagan por un mundo de escombros, sin rumbo ni esperanza. Ni siquiera se apela aquí al espíritu patriotero habitual en otras producciones yanquis de la época porque, como bien retrata Meyer, llegado el momento fatal no habría patria que salvar ni que recomponer. La única secuela posible a “El día después” serían los bandidos pseudo-mutantes de “Mad Max”.

Uno de los más certeros relatos de lo que pudo ser y, por suerte, no fue. Aunque algunos trabajasen muy duro en su día para llevar a la realidad lo imaginado en “El día después”.