Boquitas-pintadasObra postrera del muy reputado realizador argentino Torre Nilsson“Boquitas pintadas” pasa por ser un melodrama clásico y clasicista, pero con matices. Si en los grandes dramas amorosos de los 30 y los 40 la mujer era casi siempre víctima y sufridora pasiva, aquí, aún sin abandonar su rol como objeto de capricho del hombre, la protagonista (Marta Yolanda González) y el resto de sus compañeras de elenco son víctimas, sí; sufridoras, también; pero se introducen elementos que, en cierta manera, justifican la factura de una cinta de este tipo en una época, los 70s, en la que los grandes dramas románticos daban pocos réditos profesionales.

Las mujeres en “Boquitas pintadas” niegan, pero al mismo tiempo consienten el “embiste” masculino, lo que se plasma en media docena de secuencias casi reiterativas en las que los diferentes personajes femeninos se oponen de manera sólo simbólica a los anhelos carnales del macho. Por otro lado, y es éste el elemento que marca de verdad la diferencia entre la cinta de Nilsson y sus homónimas de tres o cuatro décadas atrás, ellas no ocultan en ningún momento su deseo sexual. Muy al contrario: la lujuria las mueve y las conduce hacia la perdición con tanto o más ímpetu que a los hombres. Hombres que, dicho de sea de paso, tienen poco peso específico centro del relato, al menos en esta adaptación que Nilsson y su mujer, Beatriz Guido, hicieron de la novela homónima de Daniel Puig. Porque si bien es un hombre, Don Carlos Etchpare (Alfredo Alcón), la pieza fundamental de la historia alrededor de la cual giran las cuitas de unas y otras, esa trama de cuernos, celos y despecho, en realidad su papel no va mucho más allá del de semental que cree tener en un puño a todas las damas que le rodean, cuando, en realidad, cada una de ellas le maneja y le utiliza como mejor le conviene para satisfacer sus apetitos o sus aspiraciones. La manipulación, éste sí un recurso habitual dentro de los retratos de pasiones encontradas, es moneda de cambio para las ‘boquitas’ de Nilsson, auténticas víboras venenosas prestas a morder si la ocasión lo requiere. Un concepto muy buñuelesco: ellas tienen el poder, pero son perversas. Una cucharada de feminismo por acaá, y otra de misoginia por allá. AMankiewicz o a Ophüls probablemente le habría gustado poder rodar una cinta como “Boquitas pintadas”; decir todo lo que en sus tiempos apenas si se podía sugerir.

Y para una cinta eminentemente femenina, tres magíficas y bellísimas actrices: la ya citada Yolanda González (Nené, la mosquita muerta), Luisina Brando (Mabel, la lasciva), e Isabel Pisano (Celia, la solterona que engendra toneladas de odio y resentimiento). Tres bellezas distantes, tal vez para remarcar el hecho de que nunca se entregan realmente a nadie. Ellas reinan en la película de Torres Nilsson, un trabajo, por lo demás, de estética sobria y tono severo en el que, ya desde su introducción, se despeja el final de todo: a los personajes sólo les aguarda la desesperanza o la muerte. Como único punto a olvidar, la banda sonora del siempre ampuloso Waldo De Los Ríos, que ha envejecido de muy mala manera. Sin embargo, si la participación del malogrado De Los Ríos facilitó la inclusión en el plantel de la por entonces su esposa, la felina Pisano, hay que resignarse y pensar que, como tantas otras veces, no hay mal que por bien no venga.