Forja-de-hombresHoy en día el bueno del padre Flanagan lo tendría realmente mal. Unos le acusarían de pederasta por auspiciar esa ciudad de los muchachos y su cercanía para con los ídems, y probablemente la jerarquía eclesiástica lo desterraría por rojeras y ácrata. En el terreno argumental, cualquiera que tratase de venderle al personal una película con la carga de buenas vibraciones que alberga “Forja de hombres”, tan llena de lágrimas de felicidad y sonrisas angelicales, sería apedreado sin piedad para, más tarde, perecer pasto de las llamas en la hoguera sanadora. Pero viajemos 70 años hacia el pasado, cuando aún quedaba esperanza, a pesar de que un tal Adolf Hitler ya trabajaba duro en el viejo continente para acabar con ella, y cuando todavía el ciudadano medio americano se pirraba por las historias de “vidas ejemplares”. En ese sentido “Forja de hombres” no es muy diferente de aquellas vidas de santos que leían nuestros bisabuelos, actualizada y prensada en un rollo de película.

Flanagan/Tracy adopta niños de la calle por docenas y les construye una especie de república independiente de los mocosos donde hacerse hombres lejos de los hombres. De acuerdo, en las favelas brasileñas o en los arrabales de Bogotá un curita así perdería hasta el clergyman, pero, de nuevo, no nos desviemos de la línea temporal ni del contexto de la cinta. Y el contexto, el encargo hecho al currante Norman Taurog -casi doscientos títulos dirigidos. Se dice pronto.- fue el de realizar una obra amable en todos los sentidos para que hasta los venusianos pudieran percatarse de su buen fondo y los valores que predicaba. Todo ello condimentado con unos toques de humor blanquísimo y secuencias entrañables que dispararan las acciones de las fábricas de pañuelos. De un lado, Spencer Tracy -¿quién no querría tener un padre postizo como él?-, y enfrente Mickey Rooney, que nunca ha dejado de ser aquel niño prodigio, y que aquí se encargaba de poner a prueba al beatífico -que no beato- padre Flanagan con su rebeldía (y su gorra calada) a lo James Cagney en miniatura. El resto viene rodado y basta con echar un vistazo al cartel promocional para hacerse una meridiana idea de hacia dónde van todos los tiros.

Ron Howard le condenaríamos por crímenes contra la humanidad por mucho menos que esto, porque nuestros corazones de hielo educados en las metrópolis modernas no están ya preparados para reblandecerse ante la visión de un cojito llorando. Pero rezaremos hasta el rosario si ése es el deseo de Mr. Tracy. Bula papal se llama eso.