GarajeLa vida del tonto del pueblo, según Leonard Abrahamson, es tranquila y rutinaria; aburrida, tal vez, a los ojos de los demás, pero plena en retos cotidianos para este Josie (Pat Shortt) dentro de su universo personal: la gasolinera donde vive y trabaja con el esmero de los hombres llamados a realizar grandes hazañas, las caminatas por el bosque y alguna que otra escapada a la taberna local. Sin cebarse demasiado en los actos de crueldad ajena (que los hay y se sugieren); sin disfrazar de drama demagógico y lacrimógeno lo que ni siquiera para el protagonista es tal cosa (Un hombre simple, una vida simple. Nada más.), Abrahamson firma una película acompasada que apela a reiteración de situaciones para reflejar la existencia esquemática y esquematizada de este gasolinero corto de entendederas. Ni siquiera en el tramo final del relato, cuando se suceden los acontecimientos que, en teoría, otorgan a “Garage” su carácter dramático, introduce el director dublinés una excesiva carga de negrura. Como si todo fuese parte del inevitable ciclo de la vida, lo bueno y lo malo, las risas y el llanto, Abrahamson lo muestra pero no lo enfatiza, porque, desde el punto de vista de su Josie, ninguna calamidad es más importante que otra.

Y ya que todo aquí gira en torno al rechoncho protagonista, es de rigor otorgarle a quien lo encarna buena parte del poder humanizante de “Garage”. Hacer de idiota sin que se note demasiado requiere sutileza, y Shortt pone eso y un físico tremendamente peculiar para una creación llena de ternura e inocencia bien entendidas y mejor transmitidas. Ternura e inocencia que son, además, los pilares de esta pequeña gran lección sobre lo relativo del vivir y la mezquina rigidez de la justicia que sólo deja una pregunta flotando en el ambiente: ¿quién es el simple aquí?

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