Una-chica-cortada-en-dosAunque “Una chica cortada en dos” contiene la mayoría de los elementos que han glorificado buena parte del cine de Chabrol de las dos últimas décadas; sus intrigas dentro de la élite económico-cultural, infidelidades mil y hasta alguno de esos crímenes que siempre cogen por sorpresa, el más reciente trabajo del realizador galo se pierde víctima del agotamiento de una fórmula (su fórmula) que aquí adolece de todos sus defectos y donde brillan muy pocas de las virtudes de obras como “La ceremonia” o “La dama de honor”.

Arranca a ritmo de charada, se mueve entre lo ácido y lo desenfadado, y todos los personajes son verdaderos clichés con patas. El escritor pagado de sí mismo siempre al acecho de jovencitas incautas; la editora de éste, devora hombres de la nueva era; el joven heredero entregado a una existencia tan ociosa como vacía… Entre todos ellos crean una atmósfera falsaria y tópica que funciona con cierta gracia mientras Chabrol se limita a mover sus peones dentro de ese tono cómico, pero que se derrumba cual castillo de naipes cuando, tarde y mal, intenta virar hacia el drama pasional, cuando todo se centra en la figura menos atractiva de la historia (dicho sea figuradamente, porque hablamos de la despampanante Ludivine Sagnier), la chica del título. Y así, encadenando malas decisiones, las exhibiciones de estilo de Chabrol, que tantas otras veces uno encaja de buena gana; sus abruptas transiciones, el asesinato que llega de sopetón y como una bofetada, irrumpen aquí cual elefante en una cacharrería.

El viejo Claude necesita con urgencia material nuevo, fresco; o en su defecto a alguien que sepa reciclar o “revisitar” sus propuestas habituales con mejor tino de lo que lo ha hecho su hijastra Cécile Maistre, firmante del guión. Eso, obviamente, si es que siente la imperiosa necesidad de seguir haciendo películas a sus 78 años, con una filmografía apabullante a sus espaldas y nada que demostrar… Tampoco estaría mal que volviese a llamar a su amiga Isabelle Huppert. No sería la primera vez que la pelirroja arregla un desaguisado con su sola presencia.

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