En-un-mundo-libreLa cabra siempre tira al monte. Así reza el dicho, aunque (felizmente) el maestro Loach acaba de completar el trayecto opuesto: de los bosques de Irlanda, germen del IRA, que recreaba en “El viento que agita la cebada”, ha regresado a su hábitat natural, el de los arrabales industrializados de Albión, y a sus historias sociales y morales del pueblo llano. En esa cancha y con esas reglas el viejo Ken no tiene rival y, por suerte (más bien por desgracia), quedan muchas vidas en apuros por contar. Como ésta de “En un mundo libre…”, película que vadea el submundo del tráfico de ganado humano y la inmigración forzosa. Es un mundo libre el que fotografía Loach, pero un mundo de putas en el que lo primordial es no ser la puta de menor rango; no ser la que se lleva la peor parte del pastel.

El personaje de Kierston Wareing (rotunda mujer, rotunda actriz) tiene todo lo anterior bastante claro, y a pesar de que intenta conservar unos niveles mínimos de escrúpulos y no caer de lleno en la bajeza, va a ser víctima de sus propios sueños de prosperidad (en este mundo libre tampoco conviene soñar demasiado). Aun sin estar presente aquel Mefistófeles que imaginó Goethe, el lado oscuro, la sombra del delito, la tienta una y otra vez, y ella no es de piedra ni las facturas se pagan solas. En cuanto a Loach, él no se posiciona ni a la izquierda ni a la derecha del conflicto, sólo al lado de la lógica aplastante o de esa ley no escrita que dice que, si todo sale mal, aún pueden las cosas ir a peor. Sólo es cuestión de seguir tentando al destino.

Y así pasan los años por el director de “Lloviendo piedras”; como si no pasaran, en realidad. Se adapta a la contemporaneidad en las formas y quizá hasta en las modas (en su última cinta ellas llevan los pantalones, las Harley Davidson y los cheques), para que nadie le acuse de vejete anquilosado. Por lo demás, sigue a lo suyo: denunciando, que es gerundio. Eso sí, siempre en un mundo libre; el nuestro.

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