Mister-LonelyCuando Harmony Korine no se ocupa en escribir historias para otros, como las hagiografías de adolescentes politoxicómanos y poligámicos que le ha entregado a su amigo Larry Clark (“Kids”,“Ken Park”), el hombre se pone de lo más poético. Si bien“Gummo”, su primera incursión tras la cámara, reincidía en ese tipo de personajes outsiders y marginales, preferiblemente jóvenes, ya introducía en ella su debilidad por la evocación; por retratar, como muchos otros antes que él, la belleza de la imperfección. En “Mister Lonely” la marginalidad queda a un lado, al menos la marginalidad económico-cultural, porque los personajes en liza son todos y cada uno de ellos bichos muy raros a los que Korine convierte en metáfora del individualismo, del sé tú mismo; aunque, paradójicamente, sean eso que los americanos dan en llamar “impersonators” o, en román paladino, imitadores profesionales. Un Michael Jackson (estupendo Diego Luna), una Marilyn (Samantha Morton, demostrando que no sólo es la mejor actriz de su generación, sino también una mujer sexy como la que más), un Abraham Lincoln, un Chaplin… todos viviendo en comuna sus vidas robadas. Korine introduce, además, y sin aparente interrelación con esa línea argumental, una subtrama capitaneada por Werner Herzog mutado en sacerdote-piloto que insta a un grupo de monjas a saltar sin paracaídas a la espera de que Dios obre el milagro. Casi nada. Monjas voladoras y dobles de las estrellas de ayer, de hoy y de siempre viviendo su particular verano del amor. Así es la anarquía preciosista de Harmony; así funciona su subconsciente, y así termina por facturar películas disfuncionales, extrañamente hechizantes, donde reina la imprecisión, la irregularidad, pero también los momentos cargados de potencial conmovedor.

Dentro de los más que sobados planteamientos del cine independiente made in Sundance, Harmony Korine continúa en vanguardia merced a su afán por crear obras diferentes; personales e intransferibles. Es probable que nunca logre firmar la película perfecta; pero fracasar siendo fiel a uno mismo asegura, como mínimo, la salvaguarda de la dignidad artística. No hay muchos que puedan presumir de eso.

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