La-cáscara“Yo tendría que hacer películas rápidas, ágiles, sencillas…”, espeta el protagonista de “La cáscara” en uno de los incontables soliloquios que, como epicentro de la historia y narrador de la misma, el director Carlos Ameglio pone en su boca. Una declaración de intenciones paradójica, en cualquier caso, teniendo en cuenta que la cinta del uruguayo es todo menos ágil, y que dota de una atmósfera incomprensiblemente misteriosa a unas cuitas, las del personaje principal, en principio intrascendentes. Porque ese Pedro (Juan Alari) que retrata, publicista en plena sequía creativa, para más señas, parece vivir una existencia baldía dentro y fuera de su cerebro. Su mirada, su manera de hablar, e incluso sus andares transmiten una apatía universal, y Ameglio pretende vender como algo creíble el que alguien de esas características esté dispuesto a poner su mundo patas arriba por un proyecto laboral que no acaba de salir adelante. No sólo eso, “La cáscara”comienza por el final, es todo un gigantesco flashback (recurso de por sí algo tramposo en según qué envites) que parece prometer giros o revelaciones que, al fin y a la postre, nunca llegan. Por el contrario, Ameglio cincela su película a base de los peores manierismos del indie americano; cualquier excusa es buena para lanzar, voz en off mediante, reflexiones no especialmente lúcidas glosadas por tipos no especialmente interesantes. De acuerdo, incluso los tipos no especialmente interesantes tienen derecho a sus 15 minutos de protagonismo, pero si nos los encontramos en películas “rápidas, ágiles y sencillas”, mucho mejor para todos.

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