El-romance-de-Astrea-y-CeladónResulta del todo inspirador tener a Eric Rohmer aún al pié del cañón a sus casi 90 años, y más aún verle adaptar historias tan rematadamente románticas como este cuento del siglo XVII. ¿Quién dice que con la edad llegan el descreimiento y el escepticismo? Al veterano realizador francés le llega aún para creer en el amor arrebatado en el que todo vale y todo es poco para recuperar al ser amado, y nada merece la pena si él (o ella) te da la espalda.

Rohmer es fiel a Rohmer, incluso vestido de época. No renuncia a su naturalismo y evita en la medida de lo posible la impostación y el atrezzo. Se ha pateado media Francia en busca del escenario idóneo para este romancero pastoril ambientado en el siglo VI, anteponiendo el realismo a la estética y, como suele ser marca de la asa, dejando el tema actoral en manos de semidesconocidos.Eric y las prima-donnas nunca se han entendido bien, eso es todo. Así, con esos pertrechos, sólo le resta dejar que fluya el texto de Honoré d’Urfé, donde el mal de amores es protagonista, donde surgen aquí y allá elementos absolutamente adelantados y atrevidos para su época: travestismo, insinuaciones lésbicas o reflexiones gnósticas que no debieron ser muy del gusto de la Santa Inquisición. Rohmer acentúa ese sutil erotismo latente en el relato, aunque sin exagerar: bien sabe el maestro que un pecho asomando, distraído, al borde de un camisón, siempre resultará más sensual que mil escenas de sexo explícito. Sesenta años de profesión le dan para eso y para un par de cosas más. Con un poco de suerte todavía nos entregará algún otro pedazo de vida hecho cine esta leyenda viva del celuloide galo. Crucemos los dedos.

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