La-suerte-de-EmmaLos días del protagonista de esta cinta alemana tan tierna como poco pretenciosa están contados por culpa del maldito cáncer. Sin embargo, tiene claro que no va a pasar sus últimas semanas ahogado en la rutina y “en la normalidad”, tal y como le aconseja un (buen) doctor. Así, en su huida hacia delante, decide darle un “palo” a su socio para pagarse un retiro en la Rivera Maya. Pero, ¡ay! , el destino, siempre al acecho, va a hacer que encuentre su paraíso no entre las cálidas aguas caribeñas, sino en la granja de Emma, una muchacha lozana y asilvestrada, casi prima lejana de Pipi Langstrum, que va a ser el san Pedro particular de nuestro héroe. Ella le abrirá de par en par, y aquí en la Tierra, las puertas del Cielo.

Sven Taddicken afronta su relato de manera radicalmente opuesta a como lo habría hecho cualquiera de sus homónimos hollywoodienses. La parábola del enfermo egoísta y la buena samaritana puede dar pie a caer en el melodrama más sensacionalista y deleznable; no es el caso de Taddicken, que opta por contar una sencilla historia de amor donde los elementos dramáticos se sugieren, pero se obvian en beneficio de las buenas vibraciones y el carpe diem. Sea durante dos horas, dos días o dos meses, los enamorados de “La suerte de Emma” aprovechan el momento, su momento. Y así transcurre la cinta, entre paisajes bucólicos y músicas que invitan al relajo. Como las vacas que cría la sanota de Emma, aquí hasta el rabo todo es cine elaborado con buen gusto, sin más propósito que apelar a sentimientos fundamentales. De paso, descubrimos a Jördis Triebel, actriz fascinante, un soplo de aire cálido para la (a veces) fría escena centroeuropea.

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