The-Wild-Blue-YonderQué poco necesita el bueno de Werner Herzog para montarse su propia película (y nunca mejor traído). Con un solo actor (el característico Brad Dourif), algo de esa música hipnótica con la que suele mecer sus imágenes y un poco de material de archivo rodado durante expediciones espaciales y submarinas, el director de “Fitzcarraldo” imagina que un alienígena ha caído a la Tierra y comienza a divagar sobre el infinito y más allá mientras pone voz a un apabullante arsenal de paisajes mágicos, aunque muy reales, del fondo del océano. En realidad ese relato un tanto naive del supuesto extraterrestre no es más que el alibí que se saca de la manga el alemán para entregarse a hora y cuarto de lirismo visual con el objetivo eternamente enfocado en los milagros de la madre naturaleza. Naturaleza de cualquier naturaleza, valga el (topre) juego de palabras; ésa es la droga de Herzog, a veces muy a pesar de sus espectadores, sobre todo de aquellos que no estén dotados de su misma capacidad para el ensimismamiento o la abstracción.

Queda por despejar la duda de si estos ejercicios de pura heterodoxia que Herzog intercala aquí y allá en su filmografía son susceptibles de ser llamados “cine”. No es ficción, no es realidad, y Werner apenas si ha filmado una vigésima parte de todo lo que aparece en pantalla; pero así es este hombre: genio y figura, valiente y aficionado al riesgo. En cualquier caso, después de experimentos como éste, o de sus trabajos documentales para“The white diamond” o “Grizzlie man” algunos ya esperamos una película en toda regla; porque cuando Herzog se pone a ello, a inventar historias, a fabricar personajes, tampoco tiene parangón el compadre de Klaus Kinski.

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